Historia Alternativa - Capítulo 4 - Terapia de grupo
Los días siguientes transcurrieron entre ellos con mucha más calma de la que cualquiera de los dos habría imaginado.
No hubo una conversación larga. No volvieron a hablar de lo que había pasado en Iguazú, ni de la carta que Lucía ya no quería entregarle. Sin embargo, ambos llevaban esa conversación nunca dicha justo debajo de la superficie de su vida cotidiana.
Lucía volvió a sonreír. Trabajaba, se reía y hacía bromas con las otras chicas, pero Tavo notaba la diferencia. Su sonrisa seguía siendo sincera, aunque aparecía más rápido que antes, como si estuviera intentando convencerse a sí misma de que todo estaba bien. Ya no se quedaba en la agencia más tiempo del necesario. Elegía las palabras con mayor cuidado. Cada vez que sus miradas se cruzaban, algo familiar brillaba entre ellos por un instante antes de desaparecer otra vez, reemplazado por una distancia prudente, buscada deliberadamente.
Él no la presionó.
Por primera vez comprendió que querer protegerla no podía significar quitarle el derecho a tomar sus propias decisiones. Si de verdad quería ser alguien importante en la vida de Lucía, tenía que dejar que fuera ella quien decidiera cuándo —y cuánto— quería contarle.
Por eso, cuando Sabrina le dijo que Lucía lo estaba esperando después de la sesión de fotos, no dudó ni un instante.
Unos minutos más tarde, los dos entraron en su oficina.
—Olvidate del casting. ¿Qué era eso que querías decirme?
Tavo cerró la puerta detrás de ellos, pero antes de que pudiera decir algo más, Lucía lo detuvo. Miró la puerta cerrada e inmediatamente dio un paso hacia ella.
—Esperá... No quiero hablar con la puerta cerrada. No quiero que Kuka piense...
Tavo arqueó una ceja. Había notado su reacción al instante. Todavía seguía preocupándose demasiado por lo que pudieran pensar los demás.
—Pará un segundo. Si querés hablar conmigo, lo lógico es cerrar la puerta. ¿Cómo querés que conversemos con la puerta abierta de par en par?
—Es mejor hablar de estas cosas bajito.
Una leve sonrisa apareció en sus labios.
—¿Sabés una cosa? Hablar en voz baja no parece mucho mejor que hablar a puertas cerradas.
Lucía bajó la mirada.
—No es por nuestro secreto... Es por otra cosa completamente distinta.
Esas palabras hicieron que él se detuviera.
Unos días antes, probablemente habría buscado en ellas un significado oculto. Pero ahora sintió algo completamente diferente: alivio. No estaba decepcionado. Todo lo contrario. Por primera vez en varios días, ella no estaba huyendo de la conversación. Había ido a verlo por iniciativa propia porque había algo que realmente le importaba.
Le señaló el sofá con un gesto.
—Ahora sí me dejaste con curiosidad. Dale... te escucho.
Se sentaron uno al lado del otro, dejando un pequeño espacio entre ambos.
Durante un momento, Lucía se quedó mirando sus manos.
Apenas unos días antes habría estado sentada allí por un motivo completamente distinto. Con la carta escondida en la cartera y el corazón latiéndole tan fuerte que apenas podía ordenar sus pensamientos. Ahora había ido a hablar de otra cosa, pero el miedo no era menos intenso.
No tenía miedo de que él se riera de ella. Tavo jamás haría algo así.
Lo que le daba miedo era que la viera como una persona débil. Como una chica incapaz de manejar su propia vida y que, una vez más, necesitaba que alguien le mostrara el camino. Durante los últimos días había intentado demostrarles a todos —y sobre todo a sí misma— que podía ser fuerte. Pero lo más difícil de aceptar era que ser fuerte no siempre significaba enfrentar todo sola.
Y, aun así, había ido a verlo.
Porque, a pesar de todo lo que había pasado con la carta, a pesar de no haber encontrado el valor para decirle lo que realmente quería decirle, seguía teniendo una certeza: con él nunca necesitaba fingir que todo estaba bien.
—¿Sabés?... Tomé una decisión.
Tavo la miró con atención. Sintió cómo la curiosidad volvía a despertarse dentro de él. Durante los últimos días había aprendido a no presionarla, pero eso no significaba que hubiera dejado de preguntarse qué pasaba por su cabeza.
Podía ver que algo había cambiado. Que ella mantenía una pequeña distancia entre los dos, como si tuviera miedo de dar un paso más.
Por eso, el simple hecho de que hubiera ido a buscarlo para contarle algo significaba mucho más de lo que Lucía podía imaginar.
—¿Tomaste una decisión sobre qué?
—Estuve leyendo el diario y descubrí que a otras personas también les pasó algo parecido... y que están haciendo tratamiento. —Tomó aire despacio—. Así que... me anoté en un grupo de apoyo.
Durante un segundo, él simplemente la miró.
Después, su rostro se iluminó con una sonrisa cálida y completamente sincera. Sin pensarlo, estiró la mano y le apretó la de ella con suavidad.
—Es una noticia maravillosa. Felicitaciones. Estoy muy orgulloso de vos.
Lucía sonrió con cierta timidez. Le daba vergüenza admitir que tenía miedo. Durante tanto tiempo había tratado de demostrarles a todos que era fuerte, que podía salir adelante sola después de todo lo que le había pasado. Y, sin embargo, ahí estaba, sentada frente a él, diciéndole exactamente lo contrario: que necesitaba a alguien a su lado. Pero pedir ayuda no era lo más difícil. Lo más difícil era admitir que era precisamente su presencia la que la hacía sentirse segura.
—Sí... pero sola no puedo hacer esto. ¿Entendés?
Tavo negó despacio con la cabeza. Su expresión estaba llena de una tranquila convicción. En sus palabras no escuchó debilidad. Escuchó confianza.
Lucía podría habérselo pedido a cualquier otra persona. Podría haber seguido guardándose todo para ella, como lo había hecho durante tanto tiempo. Podría haber fingido que estaba bien. En cambio, había ido a buscarlo a él.
—Lucía, sos una mujer increíblemente valiente...
—No... Soy una cobarde terrible.
—Te equivocás.
No lo dijo para consolarla. Lo dijo como si conociera la respuesta mejor que ella misma. Para él, el coraje nunca había significado no tener miedo. Significaba actuar a pesar del miedo. Y eso era exactamente lo que Lucía estaba haciendo.
Tenía miedo. Sentía vergüenza. Seguía llena de dudas. Pero, en lugar de volver a escapar, había dado el primer paso.
—¿Cuándo es la primera reunión?
—Hoy.
—¿A qué hora?
—Dentro de un ratito.
Durante un instante repasó mentalmente su agenda. Sabía que tenía responsabilidades que no desaparecerían por postergarlas. Pero, por primera vez en mucho tiempo, ninguno de sus asuntos de trabajo le pareció realmente urgente. Lo más importante era asegurarse de que Lucía no tuviera que enfrentar ese primer paso sola.
Se inclinó un poco hacia ella. Apenas unos minutos antes, Lucía había estado preocupada por lo que los demás pudieran pensar si estaban solos con la puerta cerrada. Quería aliviar esa tensión.
Más que nada, quería que entendiera que iba a acompañarla no porque estuviera obligado. Ni porque se sintiera responsable de ella. Simplemente porque quería estar ahí.
—¿Sabés una cosa? —dijo con una sonrisa traviesa—. Ahora que estamos solos y con la puerta cerrada... te voy a contar un secreto.
Ella levantó la vista.
—Me encantaría acompañarte.
Lucía cerró los ojos y sonrió con la sonrisa más amplia que él le había visto en varios días. Por primera vez en mucho tiempo volvía a parecer ella misma: sin miedo, sin cuestionarse a cada instante si estaba haciendo algo mal.
Una ola de alivio la inundó, sorprendiéndola incluso a ella.
El problema no había desaparecido. Seguía teniendo miedo. Seguía sin saber qué la esperaba. Pero, por primera vez en varios días, ya no sentía que todo el peso descansara únicamente sobre sus hombros.
Tavo no le había preguntado por qué no era más fuerte. No la había juzgado. Simplemente se había quedado a su lado.
Se puso de pie de inmediato.
—¡Me encantaría!
Tavo también se levantó, un poco sorprendido por la rapidez de su respuesta. Había esperado tener que convencerla. Había esperado más objeciones, más razones por las que no debía acompañarla, más excusas para insistir en enfrentar aquello sola. En cambio, lo único que ella necesitaba era la certeza de que no iba a estar sola.
—¿En serio? Pensé que me ibas a decir que no.
Ella se encogió de hombros. Ni siquiera sabía por qué podía contarle cosas que jamás había sido capaz de decirle a nadie. Tavo tenía ese don tan poco común de hacer que hasta las confesiones más dolorosas dejaran de parecer motivo de vergüenza.
—Ya te lo dije... Estoy muerta de miedo.
Él dio un paso hacia ella y apoyó con suavidad las manos sobre sus hombros.
Había extrañado esa sonrisa durante los últimos días. No la sonrisa que ella les mostraba a todos en la agencia, esa sonrisa profesional y segura. La verdadera. La que aparecía solamente cuando dejaba de estar a la defensiva.
—Pero no te estás muriendo, Lucía —dijo en voz baja—. Estás muy viva.
Sonrió.
—¿Vamos?
Esta vez ella no dudó.
Apoyó las manos sobre su pecho y se recostó contra él con todo el cuerpo. No se detuvo a pensar si era apropiado. No pensó en lo que podría ver alguien si entraba en la oficina. Durante un breve instante dejó de ser la chica que tenía que controlarlo todo y medir cada uno de sus pasos. Era simplemente Lucía, sintiendo que había alguien a su lado justo cuando más lo necesitaba.
Durante días, Tavo había observado cada uno de sus gestos, cada una de sus palabras, como si el movimiento más pequeño pudiera lastimarla. Pero este no era un gesto que tuviera que temer. Ella no le estaba pidiendo algo imposible. No esperaba que le resolviera la vida. Por un instante, solamente quería sentir que no estaba sola.
—¡Vamos!
El abrazo fue interrumpido por el sonido de la puerta de la oficina al abrirse.
—Perdón...
La secretaria se quedó inmóvil en el umbral. Tavo y Lucía se separaron apenas un poco, pero ya era demasiado tarde. Sabrina había visto lo suficiente.
Lucía se tensó de inmediato. Apenas unos segundos antes se había sentido tranquila y feliz. Ahora las advertencias de Kuka volvieron a golpearla de lleno.
Tavo, en cambio, no se apartó bruscamente. Mantuvo un brazo apoyado con suavidad alrededor de su cintura, dándole el tiempo necesario para que fuera ella quien decidiera cuándo quería alejarse.
—Tavo, llamó el señor Méndez. Te pidió que lo llamaras por el tema de la sesión de fotos.
—Lo llamo esta tarde —respondió Tavo—. Pero antes tengo que salir un rato.
Esta vez el miedo apenas cruzó fugazmente por el corazón de Lucía.
Antes, una sola mirada, un solo comentario, una sola insinuación habrían bastado para que volviera a esconderse. Pero ahora tenía algo más fuerte que el miedo a su lado: su propia decisión.
Por primera vez en mucho tiempo, no iba porque alguien tuviera que rescatarla. Iba porque había decidido luchar por sí misma.
Y él, simplemente, iba a estar a su lado.
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Llegaron unos minutos antes de que empezara la reunión. El edificio no tenía nada de especial: era una vieja casona modesta, sobre una calle tranquila, con una pequeña placa junto a la entrada. Adentro reinaba un silencio profundo que, de alguna manera, hacía que la ansiedad de Lucía creciera todavía más.
Apenas entraron al salón, ella vio las sillas acomodadas en círculo. No eran muchas, quizá una docena. Todas estaban vacías.
Se quedó inmóvil en la puerta, simplemente mirándolas.
Hasta hacía poco había creído que lo más difícil era tomar la decisión. Que una vez que se anotara para asistir a la reunión, la peor parte del miedo ya habría quedado atrás. Pero ahora, parada en aquella sala vacía, con cada segundo que pasaba era más consciente de lo que realmente había decidido hacer.
Estaba a punto de sentarse entre completos desconocidos y hablar de algo que durante tanto tiempo ni siquiera había podido admitir ante sí misma.
—Tavo... no hay nadie. Capaz que al final no era hoy... ¿Nos vamos?
Él reconoció enseguida ese tono en su voz. La fecha no estaba equivocada. En el último instante, Lucía estaba tratando de postergar la única reunión que realmente necesitaba. Tavo la miró con calma.
—No.
No lo dijo con dureza. No intentaba obligarla. Simplemente quería que ella encontrara en su voz algo que en ese momento no podía encontrar dentro de sí misma: certeza.
—No tengas miedo. Acá te van a ayudar. Lo más importante es que no te dejes vencer por la angustia. Yo estoy con vos.
Lucía bajó la mirada.
—Tavo... me da vergüenza. ¿Qué se supone que les diga?
Él permaneció en silencio un instante. Sabía que, en realidad, no se trataba de las palabras. Lucía había pasado toda su vida escondiendo aquello que más le dolía. Sonreía incluso cuando estaba sufriendo. Fingía que estaba bien aun cuando por dentro se estaba desmoronando.
Ahora tenía que hacer exactamente lo contrario. Tenía que admitir que necesitaba ayuda.
—La verdad —dijo al fin—. Nada más que la verdad.
Ella lo miró con incertidumbre. Tavo le dedicó una leve sonrisa.
—Dale, Lucía. ¿Dónde quedó esa fuerza tuya? ¿Dónde está el coraje que te trajo desde tu pueblo hasta Buenos Aires?
Por un instante, algo cambió en su expresión. Como si recordar a la chica que alguna vez había sido resultara, al mismo tiempo, reconfortante y doloroso.
—Federico me lo quitó.
Su voz se convirtió en un susurro.
—Se llevó todo con él. Hasta la esperanza desapareció.
Tavo la observó en silencio.
No quería negar lo que ella sentía. Sabía que Federico realmente le había arrebatado demasiadas cosas: la confianza en sí misma, la tranquilidad, la capacidad de creer que algún día volvería a confiar en alguien. Pero si de verdad le hubiera quitado todo, ella no estaría ahí en ese momento.
—No —dijo con suavidad—. Todo eso sigue estando dentro de vos.
Lucía lo miró como si quisiera discutirle, pero las palabras nunca llegaron.
En ese momento escucharon pasos en el pasillo. Una mujer de unos cuarenta años entró en la sala con una sonrisa cálida y tranquilizadora.
—Hola. ¿Cómo están? Me llamo Elvira.
Tavo se volvió hacia ella.
—Mucho gusto. Estoy bien. Soy Tavo Herrera.
La mujer asintió y luego dirigió su atención a Lucía.
—¿Y vos cómo te llamás?
Lucía vaciló un instante, como si hasta decir su propio nombre requiriera valor.
—Lucía.
—Mucho gusto, Lucía. Sos la primera en llegar.
La joven le respondió con una sonrisa tímida.
Tavo la miró. Sabía que había llegado el momento de irse. Ese era el lugar de ella. Su primer paso. Si se quedaba, tal vez Lucía se sentiría más segura... pero nunca descubriría que también era capaz de hacerlo sola.
—Yo me tengo que ir.
Lucía levantó enseguida la vista hacia él. Había algo en sus ojos que ya ni siquiera intentaba ocultar: incertidumbre.
Una punzada sorda le oprimió el pecho a Tavo. Unas semanas atrás, probablemente habría hecho cualquier cosa para borrar ese miedo de su mirada. Pero ahora entendía que no podía protegerla de todos los momentos difíciles. Lo único que podía hacer era asegurarse de que supiera que habría alguien esperándola del otro lado.
—Después nos vemos, ¿sí?
Lucía asintió, aunque seguía teniendo la expresión de quien todavía necesitaba una última confirmación.
Tavo se acercó a ella. La rodeó con los brazos en un abrazo breve y silencioso, sin decir una sola palabra. Después se inclinó y le dio un beso suave sobre el cabello.
Era un gesto sencillo. No prometía que todo fuera a ser fácil.
Solo le recordaba que no estaba sola.
—Vas a estar bien —le dijo en voz baja.
Recién entonces la soltó y se alejó.
Ya en el pasillo, se quedó unos instantes frente a la puerta. Tuvo el impulso de volver. De decirle que todo iba a salir bien, que no tenía por qué tener miedo. Que, si quería, todavía podía irse.
Pero se contuvo.
Porque esta vez, lo más importante que podía darle no era la certeza de que alguien iba a protegerla. Era la confianza de que tenía la fuerza suficiente para dar ese próximo paso por sí misma.
Lucia lo siguió con la mirada hasta que desapareció de su vista.
Después, despacio, cruzó la sala y se sentó en una de las sillas.
----------------Tavo estaba esperando junto al auto. No se había ido; ni siquiera por un instante. No quería que Lucía volviera de golpe a la rutina de todos los días después de su primera reunión, antes de haber tenido la oportunidad de entender lo que estaba sintiendo.
En cuanto la vio salir del edificio, se enderezó y caminó hacia ella. Apoyando suavemente las manos sobre sus hombros, buscó una respuesta en su rostro.
Se la veía seria. No estaba triste, pero tampoco parecía tranquila.
—¿Y? ¿Cómo salió? ¿Cómo te sentís?
Lucía se encogió apenas de hombros.
No quería decirle que la reunión había salido mal. Porque no había sido así. Y justamente por eso no encontraba las palabras adecuadas. Durante tanto tiempo había imaginado ese día como algo aterrador. Sin embargo, ahora se daba cuenta de que el peso que llevaba encima no había desaparecido simplemente por haber cruzado esa puerta.
Seguía cargándolo.
Solo que ahora ya no lo hacía sola.
—Más o menos.
Tavo frunció apenas el ceño. No esperaba verla entusiasmada, pero sí había esperado que sintiera aunque fuera un poco de alivio. En cambio, lo único que escuchó en su voz fue incertidumbre.
Conocía muy bien ese tono. Cada vez que Lucía se encontraba con alguien cuyo sufrimiento parecía más grande que el suyo, ella automáticamente le quitaba importancia a su propio dolor.
—¿Por qué?
Ella permaneció en silencio unos segundos.
—Hoy se suponía que solamente tenía que escuchar las historias de las otras mujeres.
Su mirada se perdió en algún punto lejano.
—Escuché cosas... cosas que hicieron que mis propios problemas parecieran tan pequeños. Una mujer nos contó sobre su vida... —negó suavemente con la cabeza—. Fue una pesadilla.
Tavo la escuchó sin interrumpirla.
—Quizás eso sea justamente lo que te ayude a ver tus propios problemas desde otra perspectiva. Tal vez te ayude a entender que no sos la única persona que tiene que atravesar algo así.
Lucía asintió despacio.
—Esa mujer no está luchando solamente por ella. Está luchando para salvar la vida de sus hijos.
Lo miró, queriendo que entendiera por qué no podía simplemente decirle: Salió bien.
Por primera vez había visto que el sufrimiento no le pertenecía solamente a ella. Que otras personas también estaban librando sus propias batallas. Y, en lugar de darle alivio, esa realidad la había dejado todavía más perdida.
—¿Entendés?
—Sí, entiendo.
Guardó silencio por un momento. No quería decir algo que sonara como una frase vacía de consuelo, ni hacerle sentir que no tenía derecho a sufrir. Su dolor era real.
Pero también sabía que durante demasiado tiempo Lucía había empezado a verse a sí misma a través de los ojos de Federico: como alguien que no era suficiente, alguien débil, alguien que necesitaba ser reparada.
No podía permitir que siguiera creyendo eso.
—Pero vos también tenés que empezar a luchar.
Lucía bajó la mirada.
Luchar.
La palabra le resultaba extrañamente ajena. Durante semanas había luchado solamente para sobrevivir: para atravesar un día más, un recuerdo más, un momento más en el que todo volvía a aparecer de golpe. Nunca se le había ocurrido que podía luchar no contra alguien... sino por ella misma.
—Para que puedas volver a creer en vos.
Sus palabras llegaron exactamente al lugar que más le dolía.
Federico ya no era su mayor enemigo. Tampoco lo era su pasado. El verdadero problema era que Lucía había dejado de creer que era lo suficientemente fuerte.
Tavo notó cómo había bajado la cabeza. Con suavidad, deslizó una mano debajo de su mentón y levantó su rostro hasta que volvió a mirarlo.
—Prometeme algo.
Durante un largo momento, ella simplemente se quedó mirándolo a los ojos. No estaba segura de poder hacerlo todavía. Pero sabía que quería intentarlo.
Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
—Te lo prometo.
Tavo la acercó hacia él y la rodeó con un brazo por los hombros. No sintió satisfacción porque la hubiera convencido. Lo que sentía era algo completamente distinto.
Orgullo.
Porque había sido ella quien había dado ese primer paso.
Después de un momento, se separaron lentamente, y Lucía lo miró.
—Tavo...
—¿Sí?
—Voy a tener que venir acá una vez por semana.
Él asintió.
—Está bien.
—Quiero decir... no hace falta que vengas conmigo todas las veces...
—Ya lo sé.
La interrumpió con suavidad, antes de que pudiera buscar más razones para convencerlo.
—Lo sé, Lucía. También sé que podés venir sola. Y justamente por eso quiero estar acá.
Ella lo miró sorprendida.
—¿No pensás que puedo hacerlo?
Tavo negó con la cabeza.
—No. Sé perfectamente que podés.
Lucía quiso protestar, pero él le dedicó una pequeña sonrisa.
—Y voy a esperarte hasta que termines.
—Tavo...
—Sé que no tengo que hacerlo —dijo con calma—. Pero quiero hacerlo.
Durante unos segundos, Lucía no dijo nada.
No hacía mucho tiempo, palabras como esas la habrían hecho sentir atrapada entre la gratitud y la culpa. Ahora, por primera vez, podía recibirlas de una manera diferente.
No como alguien que venía a rescatarla.
Sino como alguien que elegía quedarse.
Y quizás eso era lo que más había necesitado desde el principio.
----------------Unos días después, Lucía llegó a la agencia más temprano de lo habitual.
La cocina todavía estaba envuelta en esa penumbra tranquila de la mañana. El sol apenas comenzaba a filtrarse por las ventanas, derramándose suavemente sobre las mesadas. Sobre una de ellas había una caja llena de galletitas que había preparado en su casa la noche anterior.
Durante un momento, simplemente se quedó ahí, mirándolas, preguntándose si no estaría cruzando algún límite invisible.
Después empezó a colocarlas sobre un plato. Una por una, con cuidado, con una precisión casi exagerada, como si el ritmo de sus movimientos pudiera decidir si aquella decisión seguía pareciéndole la correcta.
Las galletitas quedaron acomodadas perfectamente.
Pero dentro de ella, nada parecía tan sencillo.
Cuando terminó, respiró profundamente y se dirigió hacia la oficina.
----------------Entró a la oficina llevando la bandeja, sin darse demasiado tiempo para arrepentirse. Había supuesto que encontraría solamente a Tavo allí.
Pero no estaba solo.
Tavo estaba sentado detrás de su escritorio, inclinado sobre unos documentos, mientras Kuka permanecía de pie a su lado. Los dos estaban trabajando, analizando algo, hablando en voz baja, como si ya estuvieran en medio de una conversación que llevaba un buen rato desarrollándose.
Lucía sintió una breve duda, pero siguió avanzando hacia el interior.
—Hola —dijo, intentando que su voz sonara casual.
Tavo levantó la mirada primero. Kuka lo hizo un instante después.
—Hola. ¿Y esto qué es? —preguntó Kuka cuando Lucía se acercó. Sus ojos fueron inmediatamente hacia la bandeja y el plato con los dulces.
—Galletitas —respondió Lucía, un poco más rápido de lo que había pensado hacerlo.
Kuka arqueó una ceja, con una ironía evidente.
—Eso ya lo veo. Te pregunto cuál es la ocasión.
Lucía sintió cómo el calor le subía a las mejillas.
—Ninguna ocasión —respondió de inmediato. Demasiado por impulso—. Las hice ayer. Para todos... Quiero decir, dejé algunas en casa para las chicas y para vos, y estas las traje para Facundo, los estilistas y el resto del equipo.
Cuanto más hablaba, más sus propias palabras sonaban como si estuviera intentando justificar algo después de haberlo hecho.
Kuka la miró con un dejo de diversión, pero no hizo ningún comentario más. En cambio, tomó una de las galletitas.
—Está bien, llamémoslo “ninguna ocasión” —murmuró, aunque observó a la modelo con un poco más de atención.
Lucía seguía siendo la misma chica capaz de preocuparse por el gesto más pequeño, pero algo había cambiado. Como si, por primera vez en mucho tiempo, ya no estuviera pidiendo disculpas por simplemente sentir algo.
En ese momento, Facundo apareció en la puerta, sosteniendo ya una galletita en una mano y otra a medio terminar.
—¿Saben quién hizo estos milagros? —preguntó con la boca llena, entrando a la oficina sin ningún tipo de ceremonia.
Lucía se volvió rápidamente hacia él.
—Yo. Ninguna ocasión —repitió.
Facundo sonrió ampliamente, como si alguien acabara de confirmar la información más importante del día.
—Bueno, entonces oficialmente soy fanático de esto de la “ninguna ocasión”.
Durante un momento, una calma agradable se instaló en la oficina, interrumpida solamente por el sonido despreocupado de Facundo masticando, que ya había vuelto a comer como si el mundo se hubiera reducido naturalmente a una galletita y una taza de café.
Durante todo ese intercambio, Tavo no había dicho una sola palabra.
No porque no tuviera nada que decir, ni porque la situación no le importara. Más bien porque la observaba con una atención que no necesitaba palabras.
Su mirada seguía fija en Lucía; no en la bandeja, no en la conversación, no en el pequeño revuelo que se había formado alrededor de ellos, sino en ella. Había calma en su expresión, pero también algo más concentrado, como si estuviera registrando cada gesto, cada reacción instintiva que aparecía antes de que ella tuviera tiempo de ocultarla.
Lucía lo notó recién después de unos segundos. Primero como una leve tensión en el cuello. Después como la sensación de que algo entre ellos había cambiado de alguna manera.
Levantó la mirada hacia él y esta vez no apartó los ojos.
Tavo seguía mirándola.
Y en esa mirada no había nada que necesitara ser explicado.
Porque él sabía para quién eran realmente esas galletitas.
Ella no tenía que decírselo.
No tenía que admitir que, antes de entrar a la oficina, se había preguntado varias veces si debía hacerlo o no. Que cada una de esas galletitas llevaba consigo un significado mucho más grande del que ella quería mostrar.
Tavo lo vio todo en sus ojos.
----------------Lucia no tenía ninguna intención de escuchar a escondidas. De hecho, ni siquiera sabía que había alguien hablando en el living. Solo había salido de su habitación para ir a buscar un vaso de agua a la cocina. Pero mientras caminaba por el pasillo, disminuyó el paso al escuchar voces que llegaban desde el salón y se detuvo.
De verdad pensaba alejarse de inmediato, pero algo dentro de ella le dijo que se quedara.
—Kuka, no podés rendirte —dijo Augustine con una voz tranquila y suave—. Si querés encontrar a tu hija, tenés que intentar todas las posibilidades.
—Lo intenté tantas veces... —respondió Kuka en voz baja—. Pasaron tantos años...
Lucia se quedó inmóvil, porque había tanto dolor en la voz de Kuka... un dolor que ya no podía esconder.
—Tal vez deberías empezar por el hospital —sugirió Augustine—. Ahí tendría que haber registros. Si diste a luz a una hija, tiene que haber quedado algún rastro.
Durante unos segundos, no se escuchó nada. El silencio se prolongó tanto que Lucia pensó que la conversación había terminado.
—No di a luz en un hospital —dijo finalmente Kuka.
Lucia sintió una repentina sorpresa. No porque esa información significara algo concreto para ella, sino porque, de pronto, la conversación había tomado un rumbo todavía más misterioso.
—¿Qué querés decir?
—Di a luz en la casa de una mujer, en San Ignacio.
Lucia levantó apenas las cejas.
San Ignacio.
Buenos Aires era enorme. Miles de personas llegaban a la capital desde todos los rincones del país. Que alguien de San Ignacio viviera allí no tenía nada de extraño. Y, sin embargo, esa sola palabra fue suficiente para que sus pensamientos tomaran una dirección completamente distinta.
San Ignacio era un pueblo pequeño. Más o menos todos se conocían, y la escuela era uno de esos lugares donde los caminos de la gente se cruzaban todos los días. Lucia había terminado sus estudios en la Escuela Provincial de Educación Técnica, una institución que combinaba la formación profesional con la enseñanza técnica. Ella había elegido el curso de costura, como si desde el principio hubiera estado destinada a permanecer cerca de ese mundo que había conocido en su casa a través de su madre.
Pero en el pueblo también había otras escuelas. La Escuela Normal Superior Nº 5 "Fray Mamerto Esquiú", una institución de mayor prestigio que preparaba a los jóvenes para continuar sus estudios, y la Escuela de Familia Agrícola, elegida principalmente por quienes estaban vinculados al campo y a la vida fuera de la ciudad.
La hija de Kuka tenía su misma edad, pertenecía a la misma generación, pero podía haber estudiado en cualquiera de ellas. Podía haberse sentado al lado de Lucia en el colectivo, haber caminado por las mismas calles, haber pasado junto a ella todos los días sin que ninguna de las dos supiera quién era la otra.
Los rostros de sus antiguos compañeros empezaron a aparecer uno tras otro en la mente de Lucia, pero ninguno se parecía a Kuka.
Se alejó en silencio antes de que alguien pudiera notar su presencia.
Esa no era su historia.
----------------Unas horas más tarde, Lucia se cruzó con Augustine en la cocina.
La conversación comenzó de una manera completamente casual. Lucia no tenía intención de volver sobre lo que había escuchado antes, pero su curiosidad terminó siendo más fuerte.
—¿Puedo preguntarte algo?
—Claro.
Durante unos segundos, buscó las palabras adecuadas.
—Antes escuché que Kuka dio a luz a una hija en San Ignacio.
Augustine la observó con más atención.
—Sí.
Por un momento, ninguna de las dos dijo nada.
—Es extraño... —Lucia sonrió apenas—. Buenos Aires parece enorme, y sin embargo a veces alcanza con un lugar pequeño para que, de repente, se conecten personas que nunca deberían haberse encontrado.
—Tenés razón. El mundo puede ser mucho más chico de lo que uno imagina.
Augustine la miró con interés.
—¿Sabés...? Mi familia también tenía parientes lejanos allí.
Lucia la miró sorprendida.
—¿De verdad?
—Sí. Uno de los primos de mi mamá vivía en San Ignacio. Pero no lo conocía demasiado. Creo que en toda mi vida lo vi solamente dos veces.
—¿En serio? ¿Cómo se llamaba?
Augustine pensó unos segundos.
—Arturo Argelio.
El apellido golpeó a Lucia de inmediato.
No porque le resultara desconocido. Todo lo contrario.
Durante un instante, imágenes que había pasado años intentando no recordar volvieron de golpe. El polvo del camino. Los gritos. El miedo. El rostro de su padre. Aquel día en el que, siendo apenas una niña, había presenciado algo que ningún chico debería tener que ver jamás.
Pero al principio no dijo nada.
—En mi caso... tuve la desgracia de conocerlo mucho más de cerca de lo que cualquiera debería haberlo conocido.
Augustine la miró preocupada.
—¿De verdad? ¿Qué querés decir?
Lucia bajó la mirada y permaneció en silencio durante unos segundos. Odiaba volver a esos recuerdos. Incluso después de tantos años, las palabras seguían sintiéndose demasiado pesadas.
—Él fue quien ordenó la muerte de mi papá.
Augustine palideció.
—Lucia...
La joven apartó la mirada.
—Yo tenía ocho años. Y vi todo.
No necesitó explicar nada más.
Augustine la observó, incapaz de ocultar su incredulidad y su compasión. La rodeó con sus brazos y la sostuvo con fuerza.
Recién ahora comprendía que detrás de la sonrisa tranquila de su amiga había una historia que la mayoría de las personas jamás habría podido contar.
Y, por primera vez en mucho tiempo, Lucia sintió que podía decirle la verdad a alguien.
Todavía no toda.
Pero sí lo suficiente como para que, por fin, alguien pudiera comprenderla.
------------------Por la tarde, en la agencia ya casi no quedaba nadie. Por eso Emanuel se sorprendió cuando la puerta principal se abrió y entró un joven con una campera de cuero de motociclista.
Miró alrededor con curiosidad, como si estuviera viendo un lugar así por primera vez, pero no parecía intimidado. Todo lo contrario: había en él una seguridad natural, esa clase de confianza que pertenece a alguien que rara vez se preocupa demasiado por la impresión que causa en los demás.
—Hola —la saludó con una sonrisa—. ¿Está Lucia?
—Sí, está. Esperame un momento, voy a buscarla.
La modelo caminó hacia el vestuario, llamándola en voz alta mientras avanzaba.
—¡Lucia! ¡Hay alguien que vino a verte!
Su voz resonó por toda la agencia.
En su oficina, Tavo acababa de terminar de revisar el presupuesto de otra campaña publicitaria. Algunos números no coincidían con sus cálculos anteriores, así que tardó un segundo en prestar atención al nombre que acababa de escuchar.
Lucia.
Dejó el bolígrafo sobre el escritorio casi por instinto, no porque tuviera una curiosidad especial. Durante las últimas semanas, se había descubierto cada vez más seguido prestando atención cada vez que alguien pronunciaba su nombre en algún lugar de la oficina, esperando inconscientemente escuchar qué venía después.
Salió de su oficina.
En la recepción había un desconocido. Un hombre alto, rubio, con el pelo más largo, probablemente de unos veinte años, con una mirada luminosa y una sonrisa sincera. La campera de motociclista dejaba ver inmediatamente cuál era su pasión.
Cuando vio a Tavo, lo saludó enseguida.
—Hola. Vine a ver a Lucia.
Tavo asintió.
—Hola. Sí, escuché.
Lo observó con más atención. No parecía fotógrafo ni cliente. Y mucho menos alguien relacionado con el mundo del modelaje.
—¿Pasa algo?
Mattias negó con la cabeza. Una sonrisa apareció en su rostro.
—Nada malo. Quería invitarla a una carrera de motos.
Eso era lo último que Tavo esperaba escuchar. Levantó apenas las cejas, y ese gesto hizo que el joven empezara a explicarse de inmediato.
—Corro en moto.
Tavo se apoyó con más naturalidad contra el mostrador de recepción. No estaba preparado para un encuentro de ese tipo.
Durante las últimas semanas se había acostumbrado a conversaciones difíciles, problemas y situaciones en las que tenía que mantener el control. Ese joven con una moto y una sonrisa honesta, en cambio, representaba un desafío completamente diferente.
No parecía alguien que hubiera venido para conseguir algo. Parecía simplemente alguien que quería ver a Lucia. Y esa sencillez resultaba extrañamente divertida.
—¿Acaso sabés si a Lucia le gustan las motos?
Mattias se rio.
—No tengo idea.
Por un momento, pareció darse cuenta recién entonces de que, en realidad, nunca le había preguntado nada sobre motos.
Pero evidentemente eso no era lo más importante para él. La carrera en sí no parecía ser la verdadera razón de la invitación. Mattias simplemente quería verla. Había algo casi infantilmente sincero en él, completamente libre de cálculos. Lucia era distinta a las chicas que había conocido antes: menos preocupada por impresionar a los demás y más concentrada en ser simplemente ella misma.
—Pero lo que más me gusta es Lucia.
La sinceridad con la que lo dijo era tan completamente desprovista de pretensiones que Tavo no pudo evitar reírse.
No fue la risa de alguien tocado por los celos. Fue más bien la reacción de un hombre que acababa de conocer a un joven excepcionalmente directo. No había ningún juego detrás de sus palabras. Ningún intento de aparentar algo. Mattias parecía alguien que jamás había aprendido el significado de la diplomacia.
Y justo en ese momento Lucia apareció desde el pasillo. Se detuvo cerca del mostrador de recepción, claramente sorprendida al ver a la visita.
—¿Mattias?
Él se dio vuelta de inmediato. Una sonrisa enorme iluminó su rostro.
—¡Hola!
Caminó hacia ella con energía y, antes de que Lucia pudiera reaccionar, se inclinó y le dio un beso en la mejilla a modo de saludo.
—¿Cómo estás?
Durante una fracción de segundo, Lucia se quedó inmóvil. Fue tan breve que la mayoría de las personas ni siquiera lo habría notado. Pero Tavo ya había aprendido a reconocer sus gestos más pequeños.
No era miedo. Era más bien esa cautela que aparecía cada vez que alguien entraba demasiado rápido en su espacio personal.
Lucia podía ser cálida y abierta, pero solamente cuando ella misma elegía el momento. Él ya conocía esa reacción. Con el tiempo había empezado a entender que su distancia no significaba frialdad. Era el instinto de alguien que, durante mucho tiempo, había tenido que ser cuidadosa con las personas a las que permitía acercarse.
Sus límites no eran una pared que había que derribar. Eran algo que debía respetarse. Mattias claramente no lo sabía.
—Bien... —respondió ella—. ¿Y vos?
—Excelente —contestó él enseguida, como si simplemente verla ahí fuera suficiente para ponerlo de buen humor—. Pensé que iba a encontrarte durante una sesión de fotos. Me dijeron que estabas acá.
—Sí... —respondió ella brevemente, todavía un poco sorprendida por su aparición repentina.
Mattias siempre había tenido esa energía interminable que alguna vez podría haberle parecido divertida. Pero ella ya no era la misma chica que antes permitía que otros tomaran decisiones por ella sin dudar.
Quizás por eso los gestos espontáneos todavía podían tomarla desprevenida.
No quería ser descortés, así que le regaló una pequeña sonrisa y formuló la pregunta más sencilla que se le ocurrió.
—¿Cómo has estado?
—Vine a invitarte a una carrera de motos.
Lucia metió instintivamente las manos en los bolsillos traseros de sus jeans. Era uno de esos pequeños gestos de los que apenas se daba cuenta. Siempre aparecía cuando se sentía un poco incómoda o no sabía bien cómo reaccionar. Miró con cierta inseguridad a Tavo, que permanecía a un lado, observándolos con atención.
Mattias sonrió con un entusiasmo casi infantil.
—El domingo corro. ¿Vas a venir?
Lucia no respondió de inmediato.
Carreras de motos. Nunca había ido a una. Las motos siempre habían estado más asociadas al ruido que al disfrute. Aun así, la invitación en sí misma era linda. Lo que más la sorprendía no era la carrera, sino el simple hecho de que alguien quisiera pasar tiempo con ella.
Sin pensarlo, volvió a mirar a Tavo. Unas semanas antes, probablemente habría buscado una respuesta en su rostro, preguntándose si debía aceptar. Ahora no se trataba de pedir permiso. Era algo mucho más sutil.
Quería saber qué pensaba él.
Tavo sostuvo su mirada con calma. No intentó influir en ella, no la animó ni la desalentó. Con el tiempo había aprendido que preocuparse por alguien no significaba quitarle el derecho a tomar sus propias decisiones.
Y precisamente por eso no dijo nada.
Después de un momento, notó cómo la tensión empezaba a desaparecer lentamente del rostro de Lucia. Ella sonrió; esta vez no con inseguridad, sino de verdad.
—Sí... creo que voy a ir.
Mattias se iluminó todavía más.
—¡Genial! Entonces nos vemos el domingo.
Por segunda vez, se inclinó hacia ella y le dio un beso en la mejilla.
Esta vez Lucia estaba preparada. Le devolvió la sonrisa con educación, pero en cuanto él se dio vuelta hacia la salida, arrugó la nariz instintivamente y se limpió la mejilla con la manga. El gesto fue tan espontáneo que ni siquiera se dio cuenta de que lo había hecho.
Pero Tavo sí lo notó.
Y sintió que algo dentro de él se relajaba inesperadamente.
Durante varios minutos había observado a los dos, intentando comprender exactamente qué era lo que estaba viendo. No a un rival. No el comienzo de un nuevo sentimiento.
Veía a una chica que aceptaba con educación el cariño de alguien, pero que ni una sola vez dejaba de ser ella misma en el proceso.
Mattias ya había dado dos pasos hacia la puerta cuando de repente se detuvo y se dio vuelta.
—Ah... —miró a Tavo—. Perdón.
Tavo levantó las cejas, sin entender.
—No te invité.
Lucia percibió inmediatamente que aquello todavía no había terminado. Mattias sonrió con inocencia.
—Porque cosas así probablemente no son muy interesantes... a tu edad. Pero si querés venir también, estás invitado.
Durante un segundo, el silencio llenó la recepción.
Lucia se giró inmediatamente un poco hacia un lado, apartándose de ambos hombres, y apretó los labios. De verdad intentó mantener una expresión seria, pero sus hombros empezaron a temblar.
Cuanto más intentaba controlarse, peor era.
Tavo primero miró brevemente a Mattias y luego dirigió la mirada durante más tiempo hacia Lucia, que permanecía de espaldas y claramente librando una batalla desesperada contra sus propias ganas de reír.
Al principio, simplemente sonrió con educación. Pero después de un momento se dio cuenta de que la joven realmente apenas lograba contenerse. Entonces adoptó la expresión más seria que pudo conseguir.
—Gracias por la invitación. —Hizo una breve pausa—. Si me pagan la jubilación a tiempo, estaría encantado de ir.
Mattias estalló en carcajadas.
—¡Genial! ¡Nos vemos el domingo! ¡Cuidate!
La puerta se cerró detrás de él.
Durante un momento, el silencio volvió a la recepción. Los dos se miraron al mismo tiempo.
Los hombros de Lucia todavía temblaban ligeramente. Finalmente, ya no pudo contenerse y una risita suave escapó entre sus labios apretados.
Al principio, Tavo intentó luchar contra su propia sonrisa, pero después de un momento su expresión se volvió más seria. Por primera vez en mucho tiempo, la broma que apenas unos segundos antes lo había divertido tocó algo mucho más personal.
No era la diferencia de edad en sí misma. Él sabía quién era y cuántos años tenía. Eso no era lo que le generaba inseguridad.
Era el hecho de que alguien había puesto casualmente un nombre a algo que él mismo se había negado a reconocer durante mucho tiempo.
Sabía que Lucia se había convertido en alguien cuya presencia podía cambiar el rumbo de su día. Alguien cuya opinión le importaba más de lo que debería. Algo en lo que él mismo, a veces, intentaba no pensar.
Sin decir una palabra, se dio vuelta y caminó nuevamente hacia su oficina. Esta vez, ni siquiera cerró la puerta detrás de él.
Lucia le dio unos segundos mientras intentaba recuperar la compostura, aunque sin demasiado éxito. Al principio, le había resultado divertido ver cómo Tavo intentaba fingir que aquello no le afectaba en absoluto.
Pero él le recordaba menos a un hombre indiferente y más a alguien que, por primera vez en mucho tiempo, se permitía mostrar que algo realmente le importaba.
Y quizás eso era lo que más la había conmovido.
Tavo Herrera —el hombre que siempre tenía el control de cada situación— acababa de dejar escapar una pequeña señal de celos.
Y lo extraño era que...
A ella no le molestaba en absoluto.
Todo lo contrario.
Lucia nunca había mirado a Tavo desde la perspectiva de su edad. Ella veía a un hombre que la hacía sentir segura, escuchada e importante. Un hombre que nunca la trataba como a una niña, sino como a alguien igual a él.
Apenas unos momentos antes, había reído con tanta libertad que incluso ella misma se había sorprendido.
Las últimas semanas le habían enseñado a ser cautelosa. Cuidaba sus palabras, sus gestos, sus expresiones. Había pasado demasiado tiempo creyendo que un solo movimiento equivocado podía complicarlo todo.
Y ahora estaba ahí, en medio de la agencia, riéndose con Tavo.
El mismo hombre al que alguna vez había tenido miedo de decirle que necesitaba ayuda.
Esa certeza le resultó extrañamente reconfortante.
Todavía sonriendo, caminó hacia su oficina. La puerta estaba apenas abierta, así que no necesitó golpear.
Tavo estaba de pie junto a su escritorio, con una expresión seria, revisando unos documentos como si de repente hubiera recordado un asunto extremadamente importante que requería toda su atención.
—Tavo...
Él se volvió hacia ella con una mueca de fastidio.
—¿Qué otra cosa?
Su tono era serio, pero no podía ocultar la leve exageración que había en él. Negó con la cabeza, aunque esta vez una sonrisa más evidente apareció en su rostro.
Durante un momento, entre ellos volvió a existir esa ligereza que había faltado durante semanas. Sin conversaciones difíciles. Sin tensión. Sin temas que exigieran ser tratados con cuidado. Solo ellos.
Lucia lo observó durante unos segundos.
Unos meses atrás, probablemente habría guardado ese momento para sí misma. Habría decidido que no debía interrumpirlo o que tal vez diría algo en el momento equivocado. Pero ahora entró en su oficina sin dudar, sonriendo.
Sin embargo, enseguida volvió a ponerse seria al recordar qué era lo que realmente quería hablar con él.
—Sí. Necesito contarte algo.
Él no la miró. Por un segundo pensó que realmente se trataba de Mattias. Y, para su propia sorpresa, sintió una pequeña punzada de molestia. No porque el chico le molestara. Apenas lo conocía. Era más bien porque recordaba demasiado bien la sensación que había tenido cuando vio por primera vez a otra persona haciendo reír a Lucia.
El cambio en la voz de ella hizo que inmediatamente se pusiera serio. Apartó los documentos.
—Adelante. Te escucho.
Lucia se quedó frente a su escritorio, pero no empezó a hablar de inmediato. Durante unos segundos, ordenó sus pensamientos.
—No me gusta mucho andar difundiendo rumores, pero creo que deberías saber esto.
Tavo esbozó una media sonrisa y señaló la puerta con la cabeza.
—¿Algo sobre ese chico?
Lucia sonrió apenas. Por un instante le resultó divertido que Tavo siguiera intentando fingir una completa indiferencia. No estaba celoso de una manera que pudiera hacerle daño. Parecía más bien un hombre que, por primera vez, se permitía admitir que algo realmente le importaba.
Al mismo tiempo, no quería que él malinterpretara la situación. Mattias era simpático, pero nada más.
—No, no tiene que ver con él. Me refiero a Claudia.
Eso bastó para que su expresión cambiara de inmediato.
Lucia lo notó. Siempre le había sorprendido la rapidez con la que él podía pasar de estar bromeando a concentrarse por completo. Como si, en un solo instante, apartara todo lo demás y dirigiera toda su atención hacia el problema.
—¿Qué está pasando con ella?
Lucia estaba sinceramente preocupada por su amiga.
—Me contó que Ocampo le ofreció hacer una sesión de fotos.
Durante un segundo, él no dijo nada. No parecía sorprendido. Era casi como si acabara de recibir la confirmación de algo que ya sospechaba.
—Entiendo. No hace falta que digas nada más. Es para la publicidad de la crema, ¿verdad?
Lucia asintió.
—Eso creo. Diego la recomendó y, además, ella no se lleva bien con Marie Asul.
Tavo dejó escapar un suspiro bajo.
—Sí, lo sé.
Lucia observó su reacción.
Unas semanas atrás, probablemente habría pensado que su información no era lo suficientemente importante. Que no debía molestarlo con asuntos relacionados con otras personas.
Pero ahora veía algo diferente. Él realmente la estaba escuchando.
—Cada vez estoy más convencida de que Ocampo es una mala persona.
Tavo la miró.
No respondió de inmediato porque ya había aprendido que Lucia confiaba mucho en sus emociones. Era sensible y, por eso mismo, muchas veces veía a las personas a través del dolor que causaban a los demás, más que desde el simple cálculo. Pero esta vez, probablemente su intuición era correcta.
Suspiró y tomó el teléfono.
Lucia preguntó con preocupación:
—¿Qué vas a hacer?
Tavo marcó el número.
—Si él está jugando sucio con nosotros, nosotros podríamos hacer lo mismo.
Lo dijo con calma, sin enojo. Y precisamente por eso sonó todavía más decidido.
Lucia lo observó en silencio.
Las primeras palabras de la conversación le mostraron enseguida por qué Tavo era tan efectivo. No levantaba la voz. No intentaba intimidar a nadie. Simplemente guiaba la conversación como si el resultado ya fuera inevitable.
Quizás debería haberse ido y no escuchar una negociación confidencial, pero no logró hacerlo. Su seguridad resultaba cautivadora.
Tavo miró a Lucia.
No quería que ella notara la tensión en su rostro. Sentía perfectamente la presión. Sabía que Ocampo no era un rival al que se pudiera subestimar y que, para Claudia, esa sesión de fotos no era simplemente otro trabajo. Era una prueba de que todavía podían competir, de que su agencia seguía teniendo importancia.
Pero, por encima de todo, sabía que Lucia lo estaba mirando. Y había algo en su mirada que lo afectaba profundamente.
Admiración.
—Sí, estoy al tanto de la propuesta que Ocampo le hizo —dijo después de un momento.
Lucia levantó apenas las cejas. No esperaba que él lo admitiera con tanta naturalidad.
Tavo la miró y notó su reacción. La comisura de sus labios se movió apenas. Una breve pausa.
—Tengo una red de información bastante desarrollada.
En ese momento, la miró de manera significativa. Confiaba completamente en ella y agradecía que hubiera acudido a él.
Ella sonrió más ampliamente, intentando no distraerlo. Por un instante sintió algo extrañamente reconfortante.
Ya no era solamente alguien que necesitaba ser protegida.
Era alguien que podía ayudarlo.
Alguien en quien él confiaba lo suficiente como para compartir una parte de su mundo.
Tavo continuó la conversación.
— Entiendo que la oferta de Ocampo es tentadora. Pero también sé que nuestra colaboración lleva mucho tiempo, y podemos ofrecerte condiciones que él no va a poder darte.
Lucia lo observaba con un interés cada vez mayor. No era solamente que fuera un buen negociador. Había algo más.
La forma en que analizaba la situación con tanta rapidez. La manera en que lograba mantenerse tranquilo incluso cuando alguien intentaba quitarle algo que para él era importante. Tavo siempre le había parecido un hombre fuerte, pero recién ahora empezaba a comprender que su fortaleza no provenía de no perder nunca. Provenía de encontrar siempre la manera de ganar.
—Puedo ofrecerte un treinta por ciento de descuento respecto a la propuesta de Ocampo —dijo después de un momento—. La sesión de fotos estará a cargo de nuestro equipo, manteniendo todos los estándares que esperás.
Hizo una breve pausa.
—Estoy seguro de que vas a quedar conforme.
Lucia contuvo la respiración. Estaba casi segura de que lo lograría.
Unos minutos después, la conversación llegó a su fin. Tavo dejó lentamente el auricular en su lugar, pero no dijo nada de inmediato.
Lucia se enderezó enseguida.
—¿Y?
Tavo no respondió.
Se levantó despacio y pasó junto a ella con una expresión completamente seria.
Lucia sintió que la sonrisa desaparecía de su rostro.
—¿Tavo?
Él se volvió hacia ella.
—¿Alguna vez escuchaste ese dicho que dice que el que ríe último, ríe mejor?
Lucia giró apenas la cabeza y frunció el ceño, sin saber adónde quería llegar.
—Sí...
—Entonces escuchá.
Durante un instante, su expresión siguió siendo completamente seria.
Y entonces, de repente, estalló en una carcajada fuerte y sincera, una risa genuina que ella jamás habría esperado de él.
Durante un segundo, Lucia lo miró sin poder creerlo. Después todo quedó claro. Lo habían conseguido.
Ella también empezó a reírse. El alivio llegó con tanta rapidez que casi la sorprendió. Apenas unos momentos antes había estado preocupada por Claudia, por la agencia, por si Ocampo lograba una vez más adelantarse a ellos.
Pero ahora todo ese peso parecía desaparecer. Solo quedaba la felicidad. Y él.
Volvió a ver a ese Tavo que conocía de los mejores momentos. El hombre que podía aliviar la tensión con una sola sonrisa, el hombre que no hacía desaparecer los problemas, pero que de alguna manera lograba que parecieran un poco más fáciles de superar.
—Sos imposible —dijo entre risas, riéndose junto a él.
Y antes de tener tiempo de pensarlo, se acercó y rodeó su cuello con sus brazos.
Durante una fracción de segundo, Tavo se sorprendió. No por el gesto en sí, sino porque Lucia ya no había dudado. Poco tiempo atrás, se habría detenido a medio camino. Habría pensado en todo lo que podía salir mal.
Esta vez, la alegría había sido más rápida que la razón. Simplemente estaba feliz. Y eso significaba para él mucho más que la victoria sobre Ocampo.
La rodeó con sus brazos con fuerza.
—Sabía que iba a funcionar —dijo suavemente.
—Por supuesto que lo sabías —respondió ella riéndose—. Vos siempre lo sabés todo.
—No todo.
Ella lo miró con una incredulidad divertida.
—¿No?
Él negó con la cabeza.
—No.
Durante un momento, simplemente se quedaron mirándose en silencio. Había algo completamente distinto en esa mirada comparado con unas semanas atrás. Menos tensión. Menos precaución. Más confianza.
Al verlo, Tavo se permitió un gesto que antes los dos habrían evitado. La levantó ligeramente del suelo y, en lugar de ponerse rígida, Lucia soltó una carcajada todavía más fuerte. No lo analizó. No buscó significados ocultos. Estaba feliz.
Él giró con ella entre sus brazos, y su risa llenó toda la oficina. Durante un instante, no eran el dueño de la agencia y la joven modelo que tenía que cuidar cada paso que daba. Eran simplemente dos personas compartiendo una pequeña victoria.
Cuando finalmente la volvió a dejar en el suelo, ninguno de los dos se apartó de inmediato. Las manos de él permanecieron apoyadas en su cintura, mientras que las de ella seguían sobre sus hombros.
Ninguno de los dos dijo nada más. No hacía falta.
Durante un momento, él sintió que si decía algo ahora, arruinaría algo que había sucedido de una manera tan natural, sin que ninguno de los dos lo hubiera buscado. Por un breve instante, ninguno de ellos pensó en los problemas que, apenas unas semanas atrás, habían parecido imposibles de superar.
-------------------Pasaron dos meses.
Al principio, nada cambió de manera drástica.
No hubo una sola conversación, un solo gesto, un único momento después del cual todo se volviera de repente más fácil. Los cambios llegaron en silencio, a través de pequeñas decisiones, miradas fugaces y del hecho de que ciertos recuerdos ya no dolían con la misma intensidad que antes.
La agencia seguía siendo tan caótica como siempre. Continuaban llegando nuevos trabajos, nuevos rostros, nuevas expectativas. Pero Lucia comenzó a moverse dentro de ese mundo de una manera diferente a la de antes: con más seguridad, más tranquilidad, como si finalmente hubiera dejado de preguntarse a cada paso si realmente tenía derecho a pertenecer allí.
Tavo fue el primero en notar el cambio, aunque nunca hizo ningún comentario al respecto.
Sabía que el mayor triunfo no sería el momento en que Lucia comenzara a construir su carrera, sino aquel en el que realmente creyera que era lo suficientemente buena. Incluso si eso significaba que algún día ya no buscaría en sus ojos la confirmación que necesitaba.
Sabía que eso era exactamente lo que debía querer para ella.
Solo que no estaba seguro de lo fácil que sería aceptar que su fortaleza también significaba que podía necesitarlo menos.
Las primeras sesiones de fotos llegaron una detrás de otra, seguidas por las campañas publicitarias.
Diego, que había asumido parte del trabajo de producción, notó rápidamente que Lucia ya no era simplemente una modelo a la que colocaban frente a una cámara. Se estaba convirtiendo en alguien que entendía lo que ocurría dentro de ese encuadre.
A veces la detenía durante un rato más largo, explicándole algo sobre la iluminación, el movimiento de la cámara, el ritmo de una toma... y ella escuchaba con una atención que ya no era forzada.
Hacía preguntas. Muchas preguntas. Al principio eran cautelosas, luego cada vez más específicas, hasta que finalmente Diego se descubrió explicándole cosas que normalmente no interesaban en absoluto a las modelos.
Y, sin embargo, con Lucia funcionaba de otra manera. Solo necesitaba una toma, a veces dos. El resto surgía de forma natural, como si su cuerpo y su mente finalmente hubieran comenzado a moverse al mismo ritmo.
Diego hablaba de ella abiertamente y sin dudarlo, y Kuka —al escucharlo cada vez con más frecuencia— comenzó lentamente a verla de otra manera. Ya no a través de las circunstancias que la habían llevado hasta allí, sino a través de la forma en que trabajaba.
Con el tiempo, aquella incertidumbre inicial que antes había sido tan evidente empezó a desaparecer. En su lugar apareció algo mucho más difícil de definir: una concentración que ya no necesitaba la aprobación de los demás.
Al mismo tiempo, y a un ritmo completamente diferente, algo dentro de Kuka comenzó a cambiar.
No hubo un momento único que marcara un antes y un después. Más bien fue una serie de pequeños acontecimientos que, en principio, no deberían haber significado demasiado y que, sin embargo, comenzaron a formar algo dentro de ella que ya no podía apartar con facilidad.
Ramiro, el hijo de Diego, entró en su mundo de una manera completamente natural.
Tenía seis años, era inquieto, directo, y llevaba consigo esa seguridad propia de los niños que creen que el mundo es mucho más simple de lo que realmente es.
Un día, le llevó un dibujo: los tres juntos, hecho con la mano de un niño, parados uno al lado del otro como una familia que simplemente existía.
Kuka miró el dibujo durante más tiempo del que debería haberlo hecho.
Y algo muy profundo dentro de ella se movió.
No hacia la felicidad, sino hacia el recuerdo.
Hacia aquello que debería haber sido suyo y que nunca llegó a suceder. Hacia eso que le habían quitado antes de que siquiera tuviera la oportunidad de existir.
Por esa misma época, también comenzó a pensar de otra manera sobre Daniela.
Sobre la mentira que la había mantenido atrapada en una tensión constante durante meses.
No ocurrió de golpe. No fue algo dramático.
Fue más parecido a alguien que poco a poco afloja un nudo demasiado apretado, permitiéndose respirar un poco más profundo, aunque todavía no estuviera completamente libre.
En la casa donde vivían las modelos, las conversaciones también comenzaron a sonar diferentes.
Lucia hablaba de su madre cada vez más seguido.
No de una manera pesada ni dramática, sino naturalmente, como alguien que habla de una persona que forma parte permanente de su vida.
Hablaba de cosas pequeñas: llamadas telefónicas, conversaciones, costumbres compartidas que habían construido una relación mucho más fuerte que cualquier gran declaración.
Kuka escuchaba en silencio.
A veces con algo parecido a la admiración.
A veces con algo mucho más difícil de nombrar.
No era exactamente celos, sino una versión más suave de ese sentimiento: la conciencia de que alguien más poseía algo que ella nunca había tenido realmente de esa forma.
Y durante un tiempo estuvo convencida de que quizás nunca lo tendría.
Y, sin embargo, precisamente gracias a Lucia, algo comenzó a aparecer dentro de ella que ya no era solamente observación.
Era más bien un apego silencioso a su presencia.
A ese hecho de que Lucia era constante, confiable en el mejor sentido de la palabra, auténtica de una manera que nunca necesitaba ser cuestionada.
Mientras tanto, en la agencia, en algún punto entre la oficina y las responsabilidades de todos los días, algo comenzó a formarse lentamente.
Algo que nadie nombraba.
Algo de lo que nadie tenía conocimiento.
Lucia y Tavo se quedaban después de hora. Oficialmente, era para terminar el trabajo y ordenar algunas cosas. La oficina se vaciaba, el mundo afuera de las ventanas se volvía más silencioso, y ellos permanecían allí, en el mismo espacio que poco a poco empezaba a convertirse en algo más que un simple lugar de trabajo.
Sus conversaciones se hicieron más largas, más naturales, y a veces terminaban a mitad de una frase, como si no todo necesitara ser completado con palabras.
Hablaban de mucho más que desfiles y sesiones de fotos. Compartían historias del pasado, sueños para el futuro y pequeños detalles de la vida cotidiana.
A veces simplemente se quedaban en silencio.
Y ese silencio ya no era incómodo.
Algo comenzó a aparecer entre ellos que ya no necesitaba una excusa para existir.
Estaba presente en pequeños gestos, casi invisibles.
Cuando Tavo le preguntaba si había almorzado.
Cuando Lucia le acomodaba el cuello de la camisa sin pensarlo, y recién después se daba cuenta de que quizás era algo que no debería haber hecho.
A veces se inclinaba sobre los documentos junto a él y permanecía allí un segundo más de lo necesario, hasta que sus hombros casi llegaban a tocarse.
Otras veces, cuando él decía algo en tono de broma y ella se reía, su cabeza caía brevemente sobre el hombro de él; apenas un instante, casi por accidente, pero ya sin apartarse inmediatamente por vergüenza.
Él tampoco se alejaba enseguida.
Por el contrario, permanecía en ese momento un poco más de lo que la razón habría indicado.
Como si estuviera aprendiendo que la presencia de ella tenía una calidez propia y que no era necesario controlarla de inmediato.
Los momentos más difíciles no eran los grandes gestos.
Eran los más pequeños.
Los que ninguno de los dos planeaba.
El instante en que Lucia se quedaba parada junto al escritorio de él hablando y olvidaba que supuestamente debía alejarse.
El segundo en que Tavo quería decir algo, pero en lugar de hacerlo simplemente la miraba un poco más de tiempo.
Los dos sabían que esos momentos existían.
Los dos fingían que no significaban nada.
Y, sin embargo, cada vez que aparecía alguien más, volvían inmediatamente a una distancia más segura, como si ambos supieran exactamente dónde estaba el límite: ese que no podían cruzar delante de testigos.
Kuka observaba desde un segundo plano y, con el paso del tiempo, se convenció cada vez más de que nada entre ellos estaba cambiando.
Que aquello que alguna vez había parecido algo más solo había sido un momento pasajero; una emoción que había llegado y se había ido, como tantas otras.
No sabía que ella solamente veía aquello que ellos permitían que los demás vieran.
El cambio más importante no ocurría en gestos que cualquiera pudiera notar.
Lucia comenzó a asistir a terapia.
Al principio solo estaban las palabras de otras mujeres: historias fragmentadas, dolorosas, a veces desordenadas, pero que, aun así, cargaban con el mismo peso compartido.
Con el tiempo, comenzó a reconocer algo que nunca antes había podido nombrar:
que no era la única que vivía con miedo.
No era la única que regresaba al pasado en los momentos más inesperados.
No era la única que intentaba volver a comprenderse a sí misma.
Una tarde, una de las mujeres dijo algo que permaneció con ella durante mucho tiempo:
que a veces una persona pasa tanto tiempo intentando sobrevivir que se olvida de cómo se siente la vida cuando ya no tiene que luchar.
Y lentamente, muy lentamente, algo dentro de Lucia comenzó a cambiar.
Aquello que alguna vez había parecido el centro de toda su existencia empezó a perder su intensidad.
No desapareció.
Pero dejó de definir todo lo demás.
Y el mundo que la rodeaba —las personas, el trabajo, las relaciones— comenzó a ocupar más espacio del que antes se había permitido aceptar.
Para Tavo, esos dos meses fueron igual de difíciles, aunque por un motivo completamente diferente.
Tuvo que aprender a no rescatar a Lucia cada vez que veía incertidumbre en sus ojos.
Con el tiempo comprendió que la mayor prueba de confianza no era que ella acudiera a él cuando necesitaba ayuda.
Era que pudiera alejarse y tomar una decisión por sí misma.
Sin embargo, la parte más difícil fue aceptar algo:
cuanto más independiente se volvía Lucia, más debía admitir algo ante sí mismo.
Él no quería ser solamente la persona que la había ayudado a volver a ponerse de pie.
Quería ser la persona que ella eligiera para quedarse a su lado.
---------------------------Tavo la estaba esperando, como siempre lo hacía. Con el tiempo, se había vuelto algo tan natural que ninguno de los dos se detenía ya a preguntarse si las cosas deberían ser diferentes.
Cuando Lucia salió del edificio, sus ojos buscaron instintivamente su auto. Estaba estacionado exactamente en el mismo lugar de siempre.
Ella esbozó una leve sonrisa. El cansancio después de la terapia siempre aparecía recién cuando salía de allí. Dentro de esa habitación, una persona seguía hablando, seguía intentando ordenar sus pensamientos, seguía luchando por encontrar las palabras adecuadas para expresar lo que sentía. Solo después, cuando todo terminaba, el cuerpo recordaba cuánto esfuerzo había significado decirlo todo en voz alta.
Abrió la puerta y se sentó a su lado.
—Hola.
—Hola.
Durante un momento, ninguno de los dos habló.
Tavo no encendió el motor. A esa altura ya había aprendido que después de la terapia no había necesidad de apurarse.
La miró con calma.
—¿Hablaste?
Mientras bajaba las escaleras, había intentado dejar esas conversaciones atrás. Sin éxito. Bastaba con cerrar la puerta detrás de ella para que cada palabra que había pronunciado regresara con el doble de fuerza.
—Sí... hablamos.
Su voz era más baja de lo habitual. Tavo lo notó de inmediato.
Durante las últimas semanas, había aprendido a reconocer los días en que las conversaciones durante la terapia dejaban marcas más profundas en ella. También sabía que lo peor que podía hacer era encerrarlo todo dentro suyo. Cuando hablaba —aunque fuera lentamente, aunque le costara— volvía a casa más tranquila.
—¿Y de qué hablaron?
Ella dirigió la mirada hacia el parabrisas. Podía escuchar la preocupación en su voz, pero no había ni el más mínimo rastro de simple curiosidad. Preguntaba porque realmente quería saber cómo se sentía. Y precisamente eso era lo que hacía que la respuesta fuera más fácil de dar.
—De Federico.
Tavo asintió, como si esa fuera exactamente la respuesta que esperaba.
—¿Y cómo fue?
Lucia sonrió apenas, sin demasiada convicción.
—¿Sinceramente?
Él la miró. No tenía ninguna intención de apurarla.
—Claro.
Durante un momento, ella permaneció completamente inmóvil. Después, casi por instinto, se acercó un poco más y apoyó la cabeza sobre su hombro.
No pensó en el gesto.
Unos meses antes, probablemente se habría detenido a mitad del movimiento, avergonzada por su propia necesidad de cercanía. Ahora ya no pensaba en cómo podía verse. Simplemente estaba cansada.
Tavo no se movió en absoluto. El cálido peso de su cabeza apoyada sobre su hombro le resultó tan natural que recién después de un momento se dio cuenta de hasta qué punto se había acostumbrado a tenerla tan cerca. Permaneció en silencio, dándole tiempo.
—Tavo...
—¿Qué?
Levantó la mano y le acarició suavemente el cabello. Quería que ella sintiera que estaba ahí para ella, justo a su lado.
Después rozó con sus labios la parte superior de su cabeza. Lo hizo por instinto. Solo después se dio cuenta de que no lo había planeado en absoluto. Simplemente había sucedido.
Lucia cerró los ojos. Esos pequeños gestos la tranquilizaban más de lo que había esperado. Le recordaban que, aunque fuera por un momento, tenía permitido dejar de ser fuerte.
—Me siento horrible... —susurró—. Sigo pensando en Federico otra vez... y por un momento sentí como si todo hubiera vuelto.
Tavo no respondió de inmediato. La terapeuta le había advertido que muchas veces así era como se veía el comienzo de la recuperación. Una persona no regresaba al pasado porque estuviera perdiendo. Volvía a él porque finalmente tenía la fuerza suficiente para enfrentarlo otra vez... esta vez de manera consciente.
Rodeó sus hombros con el brazo un poco más fuerte.
—Está bien... No te preocupes.
Le acarició suavemente el brazo.
—Estás conmigo.
Su voz la calmó más que cualquier otra palabra de consuelo que hubiera escuchado antes. Con él, esas palabras —estás conmigo— no eran una frase vacía dicha por obligación. Eran algo en lo que ella realmente creía. Y precisamente por eso, la tensión comenzó lentamente a desaparecer.
Durante un momento permaneció en silencio.
—Federico ya no está.
Esperó hasta que la respiración de ella se volvió más tranquila.
—Y vos ya estás tan lejos de aquella chica que eras antes.
Esas palabras llegaron a un lugar mucho más profundo de lo que esperaba. Lentamente, levantó la cabeza y de pronto sus rostros quedaron muy cerca.
Lucia lo miró durante un largo momento, como si recién ahora estuviera viendo realmente al hombre que había caminado a su lado durante meses: con paciencia, sin intentar obligarla a avanzar más rápido de lo que estaba preparada para hacerlo.
—Gracias.
Una sonrisa muy pequeña apareció en sus labios.
—No sé qué habría hecho sin vos.
Tavo le devolvió la sonrisa. Apartó suavemente un mechón de cabello de su mejilla.
—Espero que algún día ya no tengas que preguntártelo.
Lucia frunció apenas el ceño.
—¿Por qué?
Él miró hacia adelante.
—Porque quiero que, antes que nada, creas en vos misma.
No le dijo que, incluso si algún día ella ya no lo necesitaba, él no tenía ninguna intención de irse. Ese pensamiento llevaba mucho tiempo dentro suyo. Pero todavía no estaba preparado para decirlo en voz alta.
Recién entonces encendió el motor.
Durante un rato condujeron en silencio, pero ya no era el mismo silencio tenso de antes. Lo difícil solamente había quedado apartado por un momento, no ignorado.
Lucia miraba hacia adelante, aunque sus pensamientos regresaban una y otra vez al auto, a sus propias palabras, a esa pausa que ahora hacía imposible que pudiera pensar en todo aquello con indiferencia.
Tavo manejaba tranquilo. Durante un tiempo siguió el camino habitual, pero después dudó y la miró de reojo.
—Tengo una idea. ¿Querés que vayamos primero a otro lugar?
Lucia lo miró con una leve sorpresa.
—¿A dónde?
—A caminar.
Ella asintió y no preguntó nada más.
El parque los recibió con un aire más fresco y una luz que se volvía más suave mientras el día llegaba lentamente a su fin. Bajaron del auto sin apuro, los dos necesitaban ese cambio de ritmo más de lo que estaban dispuestos a admitir.
Durante los primeros pasos caminaron uno al lado del otro en silencio, pero ya no era un silencio pesado. Era tranquilo, extendido entre los árboles, lleno de cosas que no necesitaban ser dichas para existir.
Lucia caminaba un poco más despacio de lo habitual. El cansancio de todo el día no era solamente físico. Todavía podía sentir el eco de la sesión de terapia, las voces de las otras mujeres, sus propias palabras que finalmente se había atrevido a decir en voz alta y que todavía no terminaban de acomodarse dentro suyo.
En un momento, sin pensarlo, deslizó su mano debajo del brazo de Tavo. En ese gesto simple había una necesidad de apoyo. Se permitió no pensar en lo que debía hacer, en lo que debía decir o en lo que debía esconder.
Un instante después, apoyó la cabeza contra su hombro; no de manera tan repentina como antes, no como una reacción ante emociones demasiado intensas, sino con más calma, casi naturalmente.
Ese lugar seguía estando ahí.
Y ella podía apoyarse en él.
Tavo no reaccionó de inmediato, pero tampoco se apartó. Su paso disminuyó ligeramente, adaptándose al de ella.
Sintió su presencia a su lado de una manera diferente ahora. No como un impulso pasajero, sino como algo que lentamente comenzaba a formar parte de su vida cotidiana.
Y eso era lo más difícil de poner en palabras:
esa cercanía ya no era solamente un momento.
Comenzaba a convertirse en una forma de estar.
Caminaron un rato más, sin prisa, ninguno de los dos con ganas de volver a casa ni de terminar aquella tarde.
Solo cuando encontraron un banco vacío debajo de un viejo castaño, finalmente se sentaron, permitiéndose un instante de quietud.
El parque comenzaba lentamente a quedarse vacío. A lo lejos, algunos niños todavía reían. Alguien pasó en bicicleta. El viento se movía entre las hojas, extendiendo a su alrededor un suave murmullo.
Sin embargo, todos esos sonidos parecían lejanos, apagados.
El mundo había dado un paso atrás y los había dejado solos.
Durante un rato permanecieron en silencio.
Un silencio que ya no era pesado ni incómodo.
Había algo suave en él.
Algo cuidadoso.
Algo que lentamente dejaba ver nuevos sentimientos entre ellos, aunque ninguno de los dos estuviera preparado para darles un nombre.
Lucia miraba hacia adelante, hacia el sendero que se perdía entre los árboles, pero su atención volvía una y otra vez hacia Tavo.
Hacia su presencia a su lado: tranquila y segura, tan natural como si él siempre hubiera estado allí.
Eso era lo que más la sorprendía.
Ella estaba acostumbrada a la tensión. A tener que controlar las situaciones. A las personas que esperaban algo de ella.
Con él no tenía que demostrar nada.
Y precisamente eso era lo que la desconcertaba.
Sus dedos rozaron el borde de la manga, acomodando la tela más para mantener las manos ocupadas que porque realmente necesitara arreglarla.
Sentía que debía decir algo. Pero no sabía cómo.
Tavo giró apenas la cabeza hacia ella.
—¿Te sentís mejor?
Ella lo miró y asintió.
—Sí.
La respuesta era sincera.
Hacía apenas un rato, había sentido que todo era demasiado. Que sus pensamientos la superaban, que sus emociones se escapaban de su control.
Y ahora...
Ahora estaba sentada junto a él, y respirar resultaba más fácil.
Esa certeza apareció de repente y la sorprendió por su simpleza.
Permaneció en silencio un momento más, preguntándose si debía decirlo. La razón le decía que se lo guardara. Pero antes de poder detenerse, las palabras salieron solas.
—Cuando estamos juntos, me siento bien.
De inmediato sintió cómo el calor le subía por las mejillas.
"Dios, ¿por qué dije eso?"
Bajó la mirada y acomodó nerviosamente la manga.
—Probablemente fue algo malo de decir.
Tavo la miró con una leve sorpresa. No entendía qué podía tener de malo algo así.
Desde que Lucia había entrado en su vida, se había descubierto esperando el café de la mañana con ella, queriendo contarle cosas, dándose cuenta de que su presencia podía transformar días comunes en algo que realmente esperaba.
Nunca lo había analizado demasiado.
O quizás lo había analizado demasiado.
Sonrió apenas.
—Todo lo contrario. Porque a mí me pasa lo mismo cuando estoy con vos.
Lucia se volvió hacia él tan rápido que algunos mechones de cabello cayeron sobre su rostro. Durante un momento simplemente lo miró, intentando decidir si hablaba en serio.
No parecía un hombre que estuviera bromeando. Su voz era tranquila. Sus ojos eran sinceros.
Y aun así, no podía creerlo de inmediato.
—¿De verdad? ¿Por qué?
La pregunta escapó antes de que pudiera detenerla.
Tavo levantó apenas las cejas.
—¿Dudás de lo que te digo?
—No, no es eso.
Lucia suspiró y apartó la mirada. No quería que pensara que no confiaba en él. Durante un momento buscó las palabras adecuadas, pero ninguna parecía ser suficiente.
—Es que... creo que la gente siempre dice las cosas que quiero escuchar, pero solamente porque quiere que me sienta mejor.
Lo dijo en voz baja, casi avergonzada. Estaba admitiendo algo de sí misma que no le gustaba.
La expresión de Tavo se volvió seria.
Entendió que aquello no era realmente una pregunta sobre él. Era miedo a la decepción. Miedo a confiar tanto en alguien que sus palabras pudieran llegar a lastimarla.
Miró sus manos, fuertemente entrelazadas sobre su regazo, la tensión visible en sus hombros.
Y sintió algo entre tristeza y ternura.
—¿Sabés qué pienso de eso? —dijo con calma—. Yo nunca, jamás, te voy a mentir.
Lucia levantó la mirada hacia él.
La frase era tan simple, y aun así la golpeó con una fuerza inesperada.
Porque quería creerle.
Quería creerle tanto que eso mismo la asustaba.
Tragó saliva.
—¿Estás seguro?
Tavo soltó una respiración suave, no con molestia, sino casi con impotencia ante toda la incertidumbre escondida en esa única pregunta. Se giró un poco más hacia ella.
—Lucia...
Solo dijo su nombre, pero ella escuchó todo lo que había detrás.
Paciencia.
Cuidado.
Y algo más que hizo que una cálida sensación se extendiera dentro suyo.
Bajó la mirada y sonrió nerviosa.
—Perdón...
Se rió suavemente.
—Sabés... algo me está pasando...
Se detuvo.
¿Cómo podía explicarlo?
Que últimamente pensaba en él más de lo que debería. Que cada vez buscaba más su presencia, aunque todavía no quisiera admitir por qué.
Se asustó de sus propios pensamientos y negó con la cabeza.
—Olvidalo.
—Es importante. Al menos para mí.
Ella levantó la mirada.
Tavo la observaba con calma. No la presionaba. No intentaba adivinar. Simplemente esperaba.
Y esa era la parte más difícil.
Porque con él quería decir la verdad.
Y la verdad se estaba volviendo cada vez más peligrosa.
Permaneció en silencio un momento más, reuniendo valor. Finalmente, habló en voz baja.
—Cuando estoy sola con vos...
Se detuvo y sintió que el corazón comenzaba a latirle más rápido.
Era absurdo.
Nunca había tenido problemas para hablar.
Y ahora las palabras no le salían.
Entrelazó nerviosamente los dedos.
—Me siento rara de alguna manera.
Se arrepintió de haberlo dicho apenas las palabras salieron.
Sonaba tonto.
No explicaba nada.
Porque ¿cómo podía explicar que con él se sentía tranquila y nerviosa al mismo tiempo? ¿Que quería acercarse más, pero también tenía miedo de querer hacerlo? ¿Que a veces se descubría mirándolo más tiempo del que debía?
No podía.
Lo miró con inseguridad y vio que Tavo sonreía apenas.
Había escuchado algo que él mismo llevaba mucho tiempo intentando comprender.
—A mí también me pasa algo raro cuando estoy con vos.
Lucia lo miró durante un largo momento.
De repente, todo a su alrededor pareció volverse extrañamente silencioso.
El mundo se hizo más lento.
No respondió porque no sabía qué decir.
Sus palabras no la tranquilizaron.
Tuvieron el efecto contrario.
Su corazón comenzó a latir todavía más rápido.
Porque si él sentía lo mismo...
Entonces significaba que no había imaginado nada.
Que esa tensión que durante tanto tiempo no había podido nombrar realmente existía entre ellos.
Pero esa certeza no le trajo alivio.
Porque si era real, se volvía todavía más difícil fingir que no importaba.
Que no existían todas esas cosas que deberían mantenerlos separados.
Tavo se movió recién después de un largo momento.
No pareció un gesto espontáneo.
Más bien una decisión que había estado creciendo dentro suyo durante algún tiempo, hasta convertirse finalmente en lo único que podía hacer.
Metió la mano en el bolsillo de su campera y sacó una pequeña caja rectangular.
Durante un instante la sostuvo en su mano antes de ofrecérsela sin decir una palabra.
Lo primero que Lucia notó fue el nombre decorativo de la joyería impreso en la tapa.
—Iguazú... —susurró.
Tuvo miedo de confiar en su propia deducción.
No era una pregunta.
Ni siquiera una afirmación.
Era más bien un suspiro en el que el pasado regresaba de repente con demasiada fuerza.
Como la luz del sol golpeando los ojos incluso a través de los párpados cerrados.
No tomó la caja.
Negó levemente con la cabeza, más para sí misma que para él, intentando recuperar cierta distancia antes de que sus emociones avanzaran más rápido que su capacidad de controlarlas.
—No puedo aceptar esto —dijo finalmente, demasiado rápido—. Es... demasiado.
En su voz no había rechazo hacia él.
Solo precaución frente al significado que comenzaba a rodear aquel pequeño objeto.
Era algo mucho más grande que un regalo.
Algo que podía arrastrarla nuevamente hacia un lugar al que todavía no se sentía preparada para volver.
Tavo no retiró la mano.
En cambio, hizo algo sencillo.
Casi natural.
Tomó su mano y cerró la caja dentro de ella.
No intentó convencerla.
Simplemente le dio tiempo para decidir por sí misma si quería aceptarla.
—Quería que la tuvieras —dijo en voz baja, sin presionarla—. Pero no estaba seguro de si debía dártela.
Lucia dudó un momento más.
Buscó en su rostro alguna señal que le permitiera retroceder.
Una broma.
Distancia.
Incluso la mínima indicación de que aquello no era tan serio como parecía.
Pero él simplemente estaba ahí.
Callado.
Atento.
Presente de una manera que no le dejaba espacio para escapar, pero tampoco le quitaba la posibilidad de elegir.
Y eso fue lo que finalmente hizo que dejara de luchar.
Abrió la caja.
Dentro estaba el colgante que reconoció de inmediato.
El mismo que había llamado su atención durante el viaje.
Para ella había sido solamente un pequeño detalle dentro de tantos momentos hermosos de aquella aventura.
Nunca había sabido que, para él también, se había convertido en algo imposible de olvidar.
—Lo recuerdo —susurró.
Su voz era diferente ahora.
Más suave.
De repente comprendió que él no lo había comprado recientemente.
Ese pequeño objeto había viajado con él desde las cataratas hasta ese momento exacto.
Tavo simplemente asintió.
No agregó nada más porque no había nada más que decir.
Y entonces permanecieron allí juntos, en silencio.
Un silencio que no exigía explicaciones.
Durante ese breve instante, el mundo dejó de empujarlos en direcciones opuestas y simplemente les permitió existir.
-------------------La noche en la habitación de Lucía era tranquila de una manera que ya no le resultaba reconfortante.
Al contrario, dejaba demasiado espacio para esos pensamientos que durante el día había intentado apartar de sí misma, escondiéndolos detrás de conversaciones, del trabajo y de todo aquello que le permitía no detenerse demasiado tiempo a enfrentarse con sus propias emociones.
La luz de la pequeña lámpara se derramaba suavemente sobre la pared, haciendo aparecer formas conocidas entre la oscuridad.
Todo a su alrededor se veía exactamente igual que cualquier otra noche y, sin embargo, tenía la extraña sensación de haber regresado a esa habitación siendo de alguna manera distinta de la chica que había salido de allí esa misma mañana.
Se sentó en el borde de la cama y permaneció un rato mirando hacia adelante. Solo después de varios largos minutos, sus ojos se detuvieron en el cajón que había quedado apenas abierto. Extendió la mano lentamente, casi con cuidado, como si ya supiera que dentro había algo que no debería tocar en ese momento… y al mismo tiempo algo que había necesitado durante mucho tiempo.
La fotografía estaba encima de todo. La tomó y simplemente se quedó mirándola durante unos instantes. Era el mismo momento que recordaba del viaje. Sencillo. Tranquilo. Aparentemente igual a tantos otros momentos que habían compartido durante aquellos días.
En aquel entonces no había pensado demasiado en eso. Simplemente había sido parte del viaje. Parte de una época en la que todo parecía más fácil, cuando había podido olvidarse, aunque fuera por un breve instante, de todo aquello que había dejado atrás.
Ahora miraba esa fotografía de otra manera. No porque en aquel momento hubiera ocurrido algo extraordinario.
Lo que más la conmovía era comprender que, para él, ese instante también había significado algo. Tavo lo recordaba. Había notado algo que para ella no había sido más que una breve mirada a una vidriera, un pequeño momento de admiración al que ni siquiera le había dado importancia. Y aun así, él había conservado ese recuerdo.
Había pensado en ella en aquel entonces, cuando todavía no existía entre ellos nada que pudiera tener un nombre. Cuando probablemente él mismo no quería admitir por qué aquel pequeño objeto había llamado su atención.
Metió la mano en el bolsillo y sacó el colgante. Durante unos momentos lo sostuvo en la palma, observando cómo el metal reflejaba la luz tenue de la lámpara.
Era pequeño. Delicado. Y, sin embargo, había algo en él que no podía ignorar. Ya no era simplemente una joya. Se había convertido en un recuerdo. En la prueba de un momento cuyo verdadero significado recién comenzaba a comprender.
Lentamente, se lo puso, sintiendo el frío del metal contra su piel. Sus dedos permanecieron sobre la cadena, como si necesitara asegurarse de que realmente estaba ahí. Sonrió apenas mientras volvía a mirar la fotografía.
—Gracias —susurró.
No estaba segura de si le hablaba a él o al recuerdo que de pronto se había vuelto tan valioso. Al hombre que la había hecho sentir vista… no por quien se suponía que debía ser, sino por quien realmente era.
Durante un rato, se permitió no pensar en nada más. Ni en el hecho de que Tavo era mayor que ella y además su jefe. Ni en que sus mundos eran mucho más diferentes de lo que quería admitir.
Se permitió simplemente disfrutar de la idea de que alguien había pensado en ella de esa manera. Pero precisamente ese pensamiento era, al mismo tiempo, el más hermoso y el más peligroso.
Porque el problema ya no era que no supiera qué sentía. El problema era que cada vez empezaba a comprender más. Y cuanto más claramente veía todo lo que existía entre ellos, más difícil se volvía fingir que no significaba nada.
Dejó la fotografía sobre su regazo y permaneció inmóvil durante un largo rato.
—Esto no debería ser tan difícil… —susurró.
No estaba enojada consigo misma. No intentaba convencerse de que todo era un error. Por primera vez entendía que el mayor problema no era el sentimiento en sí mismo. Era el hecho de que había aparecido en el peor momento posible… y hacia la única persona junto a la cual no podía simplemente fingir que nada estaba ocurriendo.
Volvió a guardar la fotografía en el cajón y lo cerró más lentamente de lo que lo había abierto.
Después se acostó en la cama, pero durante mucho tiempo no apagó la luz.
Una mano permaneció sobre el colgante, como si aquel pequeño objeto fuera la única prueba de que todo lo que había ocurrido era real.
Y entonces cerró los ojos. No porque quisiera olvidar. Sino porque, por primera vez en mucho tiempo, no sabía qué hacer con algo que sabía que no debía desear… y que, aun así, ya no podía negar.
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