Historia Alternativa - Capítulo 6 - El Cine
Habían pasado apenas unos días, y sin embargo para Lucía se habían sentido extrañamente difíciles. Lo peor era que, en realidad, no había pasado nada.
Tavo se comportaba exactamente como siempre. Era amable, tranquilo, atento. Le preguntaba cómo había salido la sesión de fotos, recordaba las fechas de entrega y se aseguraba de que todo estuviera listo para los próximos trabajos. Si alguien los hubiera observado desde lejos, no habría notado ninguna diferencia.
Y eso era precisamente lo que la estaba volviendo loca.
Porque después de todo lo que había pasado en su oficina, después de haber estado a punto de decir demasiado, después de aquel breve momento en el que había sentido que él realmente la comprendía... había esperado algo.
No sabía qué. Tal vez una pregunta. Una mirada que se quedara en ella un segundo más de lo habitual. Un solo gesto que le demostrara que aquella conversación había significado para él tanto como para ella.
Durante varios días, intentó convencerse de que eso era exactamente lo que quería. Que no habían acordado nada. Que no tenía derecho a esperar nada de él. Que aquello que existía entre ellos no era más que la cercanía de dos personas que se entendían bien.
Pero esa última explicación empezaba a sonar cada vez más como algo que se repetía a sí misma simplemente para seguir creyéndolo.
Porque si realmente no era más que cariño, no habría sentido aquel desagradable pinchazo al ver a otra mujer a su lado. No habría escondido sus llaves para que otra persona no tuviera un motivo para quedarse a solas con él. No habría pasado semanas regresando con sus pensamientos a aquel único beso junto a las cataratas, un momento que hacía tiempo había dejado de ser simplemente un recuerdo.
Lucía estaba cansada de intentar encontrar un significado en cada pequeña cosa que él hacía, cuando ninguna respuesta parecía dispuesta a revelarse.
Cerca del mediodía, antes de la sesión de fotos, estaba sentada en la recepción de la agencia, repasando las indicaciones para la próxima sesión. Intentaba concentrarse en su trabajo, pero llevaba varios minutos mirando la misma página sin leer una sola palabra.
—Hola.
Levantó la vista. Matías estaba apoyado contra la pared, con aquella sonrisa tranquila que siempre hacía que todo pareciera un poco más fácil cuando él estaba cerca.
—Hola.
—¿Tenés un minuto?
Lucía miró la carpeta que tenía delante y la dejó sobre el escritorio.
—Creo que sí.
Matías se acercó y, durante un momento, pareció estar tratando de decidir cómo empezar.
—¿Te acordás de ese thriller del que hablábamos el otro día?
Lucía sonrió apenas.
—¿El que dijiste que iba a dar más miedo que todos los demás juntos?
—Ese mismo —se rio—. Lo están dando en el cine esta noche. Pensé que, quizás, te gustaría ir.
Ella guardó silencio por un momento, pero no porque no supiera qué responder. La sola idea de ir al cine le dibujó una pequeña sonrisa en el rostro.
Hacía tanto tiempo que no hacía algo completamente normal. Salir por la noche, ver una película, reírse con alguien durante unas horas y olvidarse, aunque fuera por un rato, de todo lo que estaba pasando a su alrededor.
Matías era simplemente una buena compañía. Sabía cómo hacerla reír, sabía escucharla y nunca hacía que se preguntara qué se suponía que debía decir o cómo debía comportarse.
Ella le sonrió.
—¿Sabés qué?
Matías la miró con curiosidad.
—Me encantaría.
La sorpresa apareció de inmediato en su rostro, seguida un instante después por la alegría.
—¿En serio?
Lucía se rio suavemente.
—En serio.
Recién al ver su reacción se dio cuenta de que quizás estaba más contenta con su decisión de lo que había esperado.
Sin embargo, en ese preciso momento escuchó unos pasos detrás de Matías.
—Genial. Paso a buscarte en mi moto. No les tenés miedo, ¿no?
Lucía se rio y negó con la cabeza, divertida.
—¿A las motos? Claro que no.
No se dio cuenta de que Tavo estaba a unos pasos de distancia, observando el intercambio en silencio. Vio su sonrisa, y eso fue lo que más le costó soportar. No porque Lucía estuviera tratando de demostrarle algo o de ponerlo celoso; de hecho, era todo lo contrario. Ella no estaba buscando su reacción. No comprobaba si él la estaba mirando. No hacía absolutamente nada que indicara que él siquiera estaba en sus pensamientos en ese momento.
Simplemente estaba feliz por algo cotidiano. Y quizás precisamente por eso aquella escena lo afectó tan profundamente.
Tavo conocía el lado serio de Lucía, el que acudía a él con sus problemas, el que buscaba su apoyo, el de cuyos miedos había ido enterándose poco a poco. Sabía cuánto confiaba ella en él.
Pero ahora estaba viendo otra cosa. La ligereza con la que podía sonreír cuando no tenía que explicar nada, ocultar nada ni luchar contra nada.
Y pensar que otra persona podía regalarle un momento así le dolió más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Matías se inclinó un poco hacia ella y le dio un beso suave en la mejilla.
—Nos vemos después.
—Nos vemos.
Se dio vuelta y fue entonces cuando vio a Tavo a unos pasos de distancia. Le sonrió y le hizo un gesto cortés a modo de despedida. Tavo respondió de la misma manera, sin permitir que se trasluciera el más mínimo rastro de lo que sentía.
Desde afuera, parecía algo completamente normal. Cortés. Nada más.
Solo Tavo sabía cuánto esfuerzo le costaba mantenerse sereno. Lo difícil que era mirar la felicidad de Lucía y fingir que no había sentido aquel dolor punzante al darse cuenta de que otra persona podía provocar esa sonrisa en su rostro.
Cuando Matías se fue, Lucía se quedó mirando hacia la puerta durante un momento más.
—Qué bueno.
Tavo la miró.
—¿Qué cosa?
Ella se volvió hacia él con una sonrisa.
—Hace siglos que no voy al cine.
Lo dijo con verdadera felicidad. Hacía tanto que no tenía la oportunidad de hacer algo tan normal: salir por la noche, ver una película y pasar unas horas sin pensar en el trabajo ni en los problemas que últimamente parecían llegar uno detrás de otro. La película. Eso era todo.
Con una leve sonrisa, se dirigió hacia el vestuario, pasando junto a Tavo.
Entonces él habló con su voz tranquila.
—Sí, está bueno. Que pases una linda noche.
Lucía se detuvo un instante. Al principio, la sonrisa siguió en su rostro.
—Gracias.
Dio unos pasos más, todavía con una leve sonrisa mientras pensaba en la película y en cuánto tiempo había pasado desde la última vez que había tenido la oportunidad de pasar una noche de una manera tan normal.
Solo después de un momento, casi por instinto, miró hacia atrás por encima del hombro.
Tavo seguía parado en el mismo lugar. Tranquilo, sereno, tan difícil de leer como siempre. A primera vista, parecía que la conversación no significaba nada para él. Y, sin embargo, había algo en sus ojos que hizo que su sonrisa se apagara lentamente.
De repente, vio la escena de otra manera. Ya no como la había visto desde su lado —una simple invitación al cine y una manera agradable de pasar la noche—, sino como podía haberla visto él.
Matías inclinándose para besarla en la mejilla. Ella sonriéndole y aceptando sin dudar salir con él. Y Tavo allí cerca, intentando mantenerse sereno, aunque quizás para él no fuera ni de lejos tan fácil como quería hacer parecer.
El pensamiento hizo que regresara de inmediato el recuerdo de Cecilia. Apenas unos días atrás, Lucía había sido quien estaba al otro lado de una situación parecida, observando a otra mujer junto a Tavo e intentando entender por qué el simple hecho de verla había despertado tantas emociones en su interior.
En aquel momento había pensado que el problema era Cecilia. Ahora, por primera vez, se preguntó si quizás se trataba de algo mucho más complicado.
Aun así, no se detuvo. Apartó la mirada y siguió hacia el vestuario antes de permitirse pensar en volver atrás y decir algo.
Sabía que dar ese paso significaría enfrentarse a las preguntas de las que llevaba semanas huyendo. ¿Por qué le importaba tanto su reacción? ¿Por qué verla junto a otra mujer podía hacerle daño? ¿Y por qué una noche cualquiera en el cine, de repente, ya no parecía tan sencilla como unos minutos antes?
Porque eso era exactamente lo que había querido. Algo normal. Una película, una conversación, unas horas junto a alguien que no la obligara a analizar cada palabra y cada mirada. Y, sin embargo, en el momento en que vio a Tavo allí parado, aquella sencillez había desaparecido de alguna manera.
Herrera la observó durante un momento más, aunque sabía que no debía hacerlo. Lucía ya había desaparecido por la puerta que conducía al vestuario y, aun así, sus ojos seguían fijos en el lugar donde ella había estado apenas unos instantes antes.
No debería estar reaccionando de esa manera.
Se lo venía repitiendo desde hacía días, desde aquel primer momento en que había visto en sus ojos algo de lo que antes nunca había estado seguro. Aquel breve instante en que ella había dejado de defenderse y había permitido que sus emociones dijeran más de lo que jamás habían podido decir sus palabras.
Por fin había recibido la respuesta que llevaba tanto tiempo buscando y, sin embargo, en lugar de sentirse aliviado, se sentía todavía más cauteloso. Sabía que Lucía confiaba en él. Sabía que era importante para ella.
Lo veía en la manera en que buscaba su compañía, en aquellas conversaciones que se prolongaban mucho después de terminar el horario de trabajo, en la facilidad con la que parecía bajar todas sus defensas cuando estaba con él.
Pero nunca habían tenido ese momento sencillo que pudiera cambiarlo todo. No había habido una invitación para estar solos los dos, ni una noche que desde afuera pudiera parecer una cita, ni un gesto que les permitiera dejar de fingir que aquello que existía entre ellos era solamente amistad.
Y ahora estaba viendo a Lucía aceptar salir con otro hombre. No para demostrarle nada ni para ponerlo celoso. Simplemente porque quería ir al cine.
Y quizás esa era la parte más difícil. Matías no había hecho nada malo. Era tranquilo, agradable y claramente estaba interesado en Lucía de una manera en la que ella merecía que alguien se interesara por ella.
Tavo no tenía ninguna razón para que le cayera mal. Y, sin embargo, ver aquella sonrisa sincera en el rostro de Lucía despertó algo en su interior que ni siquiera quería admitir ante sí mismo.
Celos.
Durante toda su vida, nunca había tenido que preguntarse si alguien lo elegiría. Sabía quién era y cuánto valía. Con Lucía, toda esa seguridad parecía no significar nada.
Ella no intentaba conquistarlo. No buscaba su atención. A veces, todo lo contrario: escapaba antes siquiera de que él pudiera acercarse. Y, sin embargo, una sola sonrisa de ella bastaba para desestabilizarlo por completo.
Debería haberse alegrado de que Lucía empezara a vivir su propia vida. Él nunca le había hecho ninguna promesa. Nunca había tenido derecho a esperar que ella lo aguardara.
Entonces, ¿por qué le resultaba tan difícil ver esa sonrisa en el rostro de otra persona?
---------------------Matías la estaba esperando en el living, apoyado cómodamente contra el respaldo del sillón. Sobre la mesa, frente a él, había dos cascos de moto. Uno blanco y otro rojo, claramente elegido especialmente para ella.
Al escuchar unos pasos, giró la cabeza.
Lucía entró en la habitación con una leve sonrisa, pero apenas unos segundos después él notó que algo no estaba bien. Ya no se veía como antes, cuando había aceptado con entusiasmo ir al cine. Ahora había algo de incertidumbre en su expresión, como si ni siquiera estuviera segura de que debía estar allí.
—Perdón por hacerte esperar —dijo mientras se acercaba. Sus ojos se posaron en los cascos que estaban sobre la mesa—. Veo que de verdad viniste en moto.
Matías sonrió apenas.
—Sí. Pero no tenés miedo, ¿no?
Lucía levantó las cejas, fingiendo seguridad.
—Claro que no. No le tengo miedo a nada.
Sonrió durante un momento más, pero después bajó la mirada. Sabía que no podía seguir fingiendo.
—Sabés, Matías... quizás deberíamos dejarlo para otro día —dijo con cuidado—. Me duele la cabeza desde toda la tarde.
El joven guardó silencio por un momento. El cambio en su expresión fue casi imperceptible. No estaba enojado. Más que nada, parecía decepcionado.
—¿De verdad te duele la cabeza? —preguntó con un dejo de ironía.
Lucía lo miró sorprendida.
—Sí. ¿Por qué me preguntás?
Matías suspiró suavemente y tomó su casco.
—Porque probablemente sea la excusa más vieja del mundo cuando alguien no quiere salir con vos.
Las palabras hicieron que Lucía sintiera una punzada de culpa.
—Matías...
—Decime simplemente si no querés ir —agregó con más suavidad—. Prefiero escuchar la verdad antes que quedarme acá preguntándome si realmente te sentís mal.
Lucía no respondió de inmediato.
Eso era exactamente lo que había querido evitar. No quería lastimarlo. Matías no había hecho nada malo. Era amable, paciente y siempre lograba que ella se sintiera cómoda cuando estaba con él.
No se trataba de él.
Lo que se suponía que iba a ser una noche cualquiera en el cine, de repente, había empezado a verse de una manera completamente distinta. Apenas unas horas antes, tenía ganas de ver la película, conversar y alejarse durante un rato de todo lo que la rodeaba. Ahora, al escuchar la decepción en su voz, comprendió que Matías había interpretado aquella noche de otra manera.
Para él, no era simplemente una salida al cine. Era un paso hacia algo más.
—Bueno... está bien —dijo en voz baja, incapaz de encontrar una explicación mejor.
Matías la observó en silencio.
—Sabés, todavía no puedo enojarme con vos. Simplemente no esperaba esto.
Volvió a dejar el casco sobre la mesa.
—Cancelé todos mis planes para esta noche. Hasta conseguí un casco extra para vos.
Tomó el casco rojo y se lo tendió con una leve sonrisa.
—Mirá. ¿Te gusta?
Lucía no pudo evitar sonreír.
—Sí. Me gusta el rojo.
Lo miró a él y después al casco.
—¿Es para mí?
—Sí —se encogió de hombros—. Pensé que podía hacerte sentir más segura.
La miró con una esperanza imposible de disimular.
—¿Quizás cambies de idea?
Lucía se quedó mirando el casco rojo entre sus manos y sintió que cada vez le resultaba más difícil decir que no.
Entendió que, en realidad, no se trataba solamente de aquella noche. Quería ver la película. Quería reírse. Quería, aunque fuera durante unas horas, dejar de pensar en todo lo que venía pesando sobre ella últimamente.
Ahora podía ver cuánto esfuerzo había puesto Matías en aquello. Había cancelado sus planes, había hecho tiempo para ella e incluso había pensado en conseguirle un casco para que se sintiera más cómoda. No había tomado aquella salida como algo casual. De verdad había estado esperando con ilusión aquella noche.
Y justamente por eso no quería lastimarlo. Solo tenía miedo de que, para Matías, aquella noche fuera el comienzo de algo que ella no podía prometerle.
Una calidez un poco mayor apareció en sus ojos.
—Sabés... todo esto es un poco nuevo para mí.
Lucía lo miró con curiosidad.
—Por ejemplo, hoy estaba hablando con mi mecánico y le dije que esta noche tenía una cita, así que no podía quedarme en el taller.
Lucía se detuvo ante una sola palabra.
Una cita.
Lo miró con cierta incomodidad, dándose cuenta de repente de que quizás habían entendido la situación de maneras diferentes desde el principio. Para ella, era una película y pasar un rato juntos. Para él, aparentemente, aquello tenía un nombre.
—Sí, pero nosotros no vamos a tener una cita.
Matías levantó una ceja.
—Entonces, ¿cómo lo llamarías?
Lucía abrió la boca, pero no encontró una respuesta inmediata. No era que no pudiera ir al cine con otro hombre. Había pasado suficiente tiempo desde lo de Federico y tenía todo el derecho a seguir adelante con su vida.
El problema era completamente distinto. Por primera vez desde aquel capítulo de su vida, alguien intentaba acercarse a ella de una manera tan sencilla, tan natural, y Lucía se dio cuenta de repente de que no había dejado espacio en su vida para nadie más que Tavo.
Buscó desesperadamente una explicación que pudiera lastimar a Matías lo menos posible.
Podía decirle que no se sentía bien. Podía seguir fingiendo que simplemente estaba cansada o que no tenía ganas de salir.
Pero entonces estaría permitiéndole creer en algo que ni siquiera estaba segura de poder darle algún día. Y él merecía que fuera sincera.
—Sabés, Matías... —vaciló, y su voz se volvió más suave—. Perdón, pero estoy enamorada de otro.
Después de esas palabras, cayó un silencio que duró apenas unos segundos y, sin embargo, para Lucía pareció mucho más largo.
No había esperado decir esas palabras. No de esa manera, tan sencillamente, sin siquiera pensarlo. Durante las últimas semanas, había intentado llamar de otras formas a lo que sentía: apego, gratitud, cercanía, confianza. Cualquier cosa menos aquella palabra, la única capaz de cambiar el significado de todo.
Amaba a alguien.
Hasta ese momento, había sido suficiente con no decirlo en voz alta, ni siquiera ante sí misma. Pero ahora ya no podía seguir fingiendo que se trataba simplemente de otra posibilidad o de un enamoramiento pasajero. Había escuchado las palabras salir de su propia boca y, de repente, sonaban más reales que cualquier cosa que hubiera intentado convencerse durante las últimas semanas.
Por un momento, Matías pareció querer decir algo, pero finalmente se limitó a exhalar y sonrió apenas. No era la respuesta que había esperado. Pero no podía culparla. Lucía acababa de hacer algo difícil: le había dicho la verdad.
Todavía quería pasar la noche con ella. No porque esperara que pudiera cambiar de opinión, sino simplemente porque disfrutaba de su compañía. Así que, en lugar de prolongar aquella conversación incómoda, decidió aliviar la tensión con una broma.
—Eso no cambia nada —dijo con calma—. Solo te estoy pidiendo que vayas al cine conmigo. No te estoy pidiendo que te cases conmigo.
Lucía lo miró y, por primera vez desde que había entrado, se relajó de verdad. Se le escapó una risa.
—Está bien.
Matías sonrió al verla reaccionar.
—¿Ves? No es tan complicado. Vamos a ver una película y nada más.
Esta vez, Lucía sonrió de verdad. Tomó el casco rojo y lo giró entre sus manos, tratando de descubrir cómo tenía que ponérselo.
—¿Cómo funciona esto?
Matías soltó una risita y se acercó.
—Esperá. Yo te ayudo.
Acomodó la correa debajo de su barbilla y le explicó cómo abrocharse correctamente el casco. Lucía escuchó con una sonrisa, agradecida de que él no hiciera más preguntas y hubiera permitido que la conversación volviera a algo cotidiano.
Y, sin embargo, en algún lugar profundo de su interior, las palabras que había pronunciado apenas unos instantes antes seguían resonando. Por primera vez, ya no intentaba darles otro significado ni reemplazarlas por alguna explicación más segura.
Sabía a quién pertenecían.
A Tavo.
-------------------------El resplandor de la pantalla era la única luz que atravesaba la oscuridad del cine. Durante los primeros minutos, Lucía realmente intentó concentrarse en la película. Quería simplemente permitirse disfrutar de la noche. Pasar unas horas normales en las que no tuviera que analizar cada mirada de Tavo, cada palabra ni cada sentimiento que todavía no terminaba de comprender.
Durante un rato, incluso lo consiguió.
Hasta que la película dejó de ser solamente una película.
Las escenas violentas aparecieron sin previo aviso. Los gritos, la brutalidad, el miedo en los rostros de los personajes... todo la alcanzó con una fuerza que no había esperado. Con cada minuto que pasaba, le resultaba más difícil recordar que estaba sentada en una sala oscura y que aquello que estaba viendo no era más que una historia creada para la pantalla.
Su cuerpo reaccionó antes que su mente. La respiración se le volvió entrecortada, sus dedos se aferraron con fuerza al apoyabrazos y el corazón comenzó a latirle aceleradamente, aunque no existiera ningún peligro real.
Intentó concentrarse en lo que la rodeaba. En los sonidos que salían de los parlantes. En el aire fresco del cine. En la certeza de que estaba allí, en ese momento, y de que aquello que había sucedido había ocurrido muchos años atrás.
Pero algunos recuerdos no desaparecen simplemente porque una persona haya aprendido a convivir con ellos. Durante un breve instante, una imagen que había pasado años intentando no recordar apareció frente a sus ojos.
La calle.
La gente gritando.
El rostro de su padre, un rostro que de niña no había tenido edad suficiente para comprender, pero que había quedado grabado en su memoria para siempre.
Cerró los ojos, intentando alejar el recuerdo. No quería volver a aquel día que le había arrebatado la sensación de estar a salvo antes siquiera de que pudiera comprender qué significaba sentirse segura.
Matías notó el cambio casi de inmediato. Durante un momento, simplemente la observó, como si se preguntara si debía hacer algo. No quería avergonzarla ni hacerla sentir todavía más incómoda.
Finalmente, apoyó con cuidado su mano sobre la de ella. El gesto fue sencillo y delicado. No había ninguna intención de aprovecharse de aquel momento de cercanía, ni esperaba que Lucía respondiera con algo más. Era simplemente una manera silenciosa de recordarle que alguien sentado a su lado había notado su miedo.
Ella bajó la mirada hacia sus manos y, durante un instante, se permitió dejar de luchar. No tenía que fingir que no había pasado nada. No tenía que refugiarse inmediatamente detrás de su habitual cautela. Durante unos segundos, no estaba sola con aquel recuerdo.
Cuando terminó la película, salieron del cine en silencio. El aire fresco de la noche les golpeó el rostro y el movimiento habitual de la calle pareció casi irreal después de dos horas sumergidos en la oscuridad.
Matías le propuso tomar un café en un pequeño bar cercano. Lucía aceptó porque todavía no estaba preparada para volver a casa.
Se sentaron junto a una ventana. Durante un rato, ninguno de los dos dijo nada. Matías revolvía su café aunque el azúcar se había disuelto hacía rato. Finalmente, la miró con cuidado.
—¿Te sentís mejor?
Lucía levantó la mirada.
—Sí. Perdón. Estoy siendo una tonta. Qué película horrible.
Matías negó con la cabeza.
—No sos ninguna tonta. Es solo que... creo que te afectó más de lo que le habría afectado a la mayoría.
Ella sonrió apenas.
—Es solamente una película.
—Lo sé. Pero vi cómo reaccionaste.
Lucía bajó la mirada hacia la taza.
—No me gusta la violencia. No me gustaron todos esos gritos... —dijo en voz baja—. No sé qué me pasó.
Matías guardó silencio durante un momento.
—Lucía...
Había cautela en su voz. No estaba intentando presionarla, pero quería entender.
Ella sabía, sin embargo, que si empezaba a fingir que no había pasado nada, aquello simplemente se convertiría en otra cosa que enterraría muy dentro de sí.
—Cuando era chica... vi morir a mi papá.
Matías se quedó inmóvil. No se esperaba aquello.
—Lucía...
—Fue hace mucho tiempo —agregó rápidamente, como si quisiera quitarle peso a sus propias palabras de inmediato—. Pero a veces ciertas cosas vuelven.
Durante un momento, él la miró con una tristeza imposible de disimular.
—Si lo hubiera sabido...
—Vos no lo sabías —lo interrumpió con suavidad—. No podías saberlo.
Y eso era lo diferente en él.
Matías no intentaba encontrar las palabras perfectas ni fingía comprender todo lo que ella había vivido. No hacía promesas que no podía cumplir. Simplemente permanecía a su lado y le permitía ser ella misma.
Quizás por eso se sentía tan cómoda con él. Con Matías no tenía que analizar nada. Nunca tenía que preguntarse qué quería decir realmente cuando decía algo. No tenía que leer sus ojos ni buscar significados ocultos entre una frase y la siguiente. Con él, todo parecía más sencillo.
Quizás justamente por eso era tan difícil aceptar que la sencillez no siempre significaba amor.
Apreciaba su amabilidad. Le agradecía que supiera simplemente estar ahí cuando ella necesitaba a alguien. Solo que su corazón había elegido a otra persona hacía mucho tiempo.
Matías se recostó en su silla.
—Sabés... creo que sos diferente de la mayoría de las personas que conozco.
Lucía le dedicó una leve sonrisa.
—Ya me lo dijeron antes.
—¿Y?
Ella miró por la ventana.
—Y no siempre terminó bien. Dejé de creer en los cuentos de hadas.
Las palabras se quedaron con ella más tiempo del que había esperado. No porque fueran del todo ciertas. Lucía sabía que no había perdido la capacidad de confiar en la gente.
Había personas en las que confiaba. Una en particular. El pensamiento de Tavo apareció de inmediato, antes de que pudiera evitarlo.
Eso era lo que volvía todo tan complicado. Podía confiar en él. La parte difícil no era saber si podía creer en él. Lo difícil era entender qué se suponía que debía hacer con un sentimiento que ya no podía seguir ignorando.
—Confío en algunas personas —dijo en voz baja.
Matías la observó con atención, pero no le preguntó quiénes. Quizás había percibido que detrás de aquellas palabras había algo más. O quizás simplemente entendía que no todas las respuestas tenían que ser arrancadas a la fuerza.
Después de un momento, dejó la taza sobre la mesa.
—Lucía... hay algo que quiero decirte.
Ella se preparó para otra confesión, pero lo que él dijo fue diferente de lo que esperaba.
—Quiero ser tu amigo.
Lucía lo miró sorprendida.
—Quiero que confíes en mí. Yo no soy como los demás —continuó Matías—. Soy diferente. Si no querés, no tenemos que volver a ir al cine ni andar en moto. Podemos simplemente salir a caminar de vez en cuando. Hablar. A mí me gustaría mucho.
Lucía guardó silencio durante un momento, limitándose a mirarlo. Eso era precisamente lo que hacía que le resultara tan difícil responder.
Matías no estaba haciendo nada contra lo que ella necesitara defenderse. No intentaba presionarla para que aceptara algo. No le pedía declaraciones ni promesas. Simplemente quería estar cerca de ella, y justamente por eso merecía conocer la verdad.
Después de lo que había pasado con Federico, había aprendido a ser más cuidadosa con lo que revelaba de sí misma. No porque hubiera dejado de confiar en la gente, sino porque ahora sabía cuánto podía costar permitirle a alguien entrar en esa parte de ella que no mostraba a cualquiera.
Pero esta vez ese no era el único problema. Matías podía ser el hombre más amable y paciente del mundo y, aun así, ella no podía darle aquello que quizás él esperaba.
Porque su corazón ya había encontrado su lugar. Y Matías merecía exactamente eso: la verdad. No excusas. No una falsa esperanza que ella jamás podría hacer realidad.
—Matías... —dijo finalmente en voz baja—. Hace unos meses terminé una relación.
—¡Pero ese no fui yo! —soltó nervioso, y enseguida se disculpó.
Ella no quería entrar en detalles. No quería contarle todo lo que había pasado entre ella y Federico ni volver a una historia que todavía estaba cargada de demasiadas emociones.
—Y creo que por eso tengo más cuidado a la hora de dejar que la gente se acerque a mí.
Vaciló, porque era verdad, pero no era toda la verdad. Había algo más importante.
—Pero esa no es la única razón.
Matías la miró atentamente.
Lucía sintió que se encontraba otra vez frente a la misma decisión. Podía decir menos y dejar que él creyera que con paciencia sería suficiente, que quizás algún día las cosas podrían cambiar. Pero no quería hacer eso. No con él.
—De verdad estoy enamorada de otra persona, Matías.
Las palabras salieron con calma, aunque todavía podía sentir todo su peso dentro de ella.
Esta vez no estaba hablando de atracción, fascinación o cariño. Hablaba de un sentimiento que existía independientemente de que ella estuviera preparada para aceptarlo o tuviera miedo de hacerlo.
Matías permaneció en silencio durante un momento. Un destello de decepción cruzó su rostro antes de que pudiera ocultarlo, pero enseguida lo reemplazó por una sonrisa serena.
—Ese hombre tiene suerte.
Lucía le dedicó una leve sonrisa. No sabía qué le depararía el futuro ni si alguna vez encontraría el valor para decirle a Tavo aquello que le había confesado a Matías esa noche.
Pero sabía una cosa. Si su corazón le pertenecía a él, no tenía derecho a dejar que otra persona esperara un amor que ella jamás sería capaz de devolverle.
-----------------La velada se suponía que iba a terminar de una manera muy distinta.
Unas horas antes, cuando Lucía y Mattias se habían ido al cine, Tavo tenía pensado revisar unos documentos relacionados con la próxima campaña y volver a casa mucho antes. Pero esos planes se vieron interrumpidos por una llamada de la comisaría.
Marie Azul, la modelo más joven de la agencia, había decidido demostrarles a sus amigas que ya era lo bastante grande como para cuidarse sola. Se había escapado de su casa y había ido a un boliche donde solo admitían mayores de edad, y un control policial no tardó en revelar que ni siquiera tenía dieciséis años. Como la agencia era oficialmente responsable de ella, tanto Tavo como Kuka tuvieron que presentarse de inmediato en la comisaría.
El viaje de regreso a casa fue tenso. Kuka no hizo ningún esfuerzo por ocultar su enojo durante buena parte del trayecto y, apenas llegaron, dejó salir todo lo que tenía adentro. Tavo dejó que dijera todo lo que necesitaba decir, pero cuando vio que Marie ya estaba a punto de largarse a llorar, intervino con suavidad y puso fin al reto.
Más tarde, se sentó con la chica en el living y habló con ella tranquilamente. Le contó algunas de sus propias decisiones estúpidas de cuando era adolescente, como cuando le sacaba cigarrillos a escondidas a su padre o sus ridículos intentos de hacer más grave su voz durante las llamadas telefónicas, solo para parecer mayor. Recién cuando las emociones se calmaron un poco, consiguió hacerle entender que lo que había hecho esa noche podía haber tenido consecuencias mucho más graves que unas horas de miedo en la comisaría. En el mundo de la moda, una reputación llevaba mucho tiempo construirla, y un solo error cometido sin pensar podía destruirla.
Marie se disculpó sinceramente. No buscó excusas ni intentó echarles la culpa a sus amigas. Estaba asustada y avergonzada, y Tavo decidió que la noche que había pasado en la comisaría ya había sido una lección suficiente.
Cuando la chica se fue a su habitación, Kuka volvió de la cocina y lo miró, incrédula.
—¿Y eso es todo? Pensé que te iba a escuchar gritar toda la casa.
Tavo sonrió apenas.
—Creo que esta noche ya se llevó bastante susto. Entendió lo que hizo.
Kuka suspiró y negó con la cabeza.
—Preparé café. ¿Querés?
—Es tarde. Probablemente debería irme. Además, veo que vos también estás cansada.
Kuka suspiró, resignada.
—Si vos decís...
Por un momento, Tavo realmente pensó en rechazarlo. Era tarde, estaba agotado después de aquel día interminable y la noche había terminado siendo mucho más larga de lo que había planeado. Pero después de unos segundos, sonrió para sus adentros. Kuka no iba a dejarlo irse sin tomar una taza de café caliente de todos modos. Había algo reconfortante en aquella clase de rutina cotidiana. Con ella no tenía que pensar qué decir ni cómo debía comportarse. Después de todas las conversaciones complicadas de las últimas semanas, aquella sencillez se sentía casi como un alivio.
—Dos cucharaditas de azúcar, por favor.
—Qué clase de hombre sos...
Ella también se rio y, casi sin pensarlo, le dio un pequeño golpecito en el pecho. El gesto fue tan natural que ninguno de los dos pareció siquiera darse cuenta. Un instante después, cuando Kuka apoyó la otra mano en la nuca de él, Tavo, por puro instinto, pasó un brazo suavemente alrededor de sus hombros.
Fue justo en ese momento cuando se abrió la puerta de entrada.
Tavo se apartó instintivamente de Kuka y se volvió hacia las voces. Kuka, en cambio, no retiró la mano de su pecho de inmediato, como si necesitara un segundo para darse cuenta de que alguien los había visto.
Lucía apareció primero en el umbral. Todavía sonreía, aparentemente en medio de una conversación divertida con Matías, que estaba a su lado con la misma expresión relajada. El momento duró apenas un segundo. Cuando su mirada recorrió la habitación y terminó posándose en Tavo y Kuka, la sonrisa fue desapareciendo lentamente de su rostro.
No hubo una reacción brusca ni ninguna escena que alguien pudiera haber notado. Solo un cambio sutil: una sombra que cruzó fugazmente sus ojos antes de que lograra ocultarla.
Para Tavo, la situación era completamente normal. Kuka era una de las pocas personas con las que nunca había necesitado cuidarse. Tenían años de trabajo, discusiones, bromas y problemas que habían superado juntos.
Ni siquiera se le había ocurrido que alguien pudiera ver algo más en aquel gesto.
Kuka fue la primera en darse cuenta. Recién entonces notó que todavía tenía la mano apoyada sobre el pecho de Tavo. La retiró de inmediato y dio un paso atrás, ligeramente avergonzada por su propio despiste.
Lucía comprendió enseguida que su reacción había sido demasiado evidente. Durante una fracción de segundo, había dejado que algo se reflejara en su rostro antes de poder ocultarlo.
Sabía que no tenía derecho a reaccionar de aquella manera. Tavo y Kuka se conocían desde hacía años. Eran socios, amigos, personas que habían atravesado juntos más cosas de las que la mayoría podría imaginar.
Entendía todo eso.
Y, sin embargo, verlos tan cerca la había afectado mucho más de lo que esperaba. Quizás porque apenas unas horas antes, por primera vez, se había permitido ponerle nombre al sentimiento que llevaba tanto tiempo evitando. Ahora que sabía lo que sentía, ya no podía fingir que le era indiferente.
Lucía recuperó rápidamente la compostura. No quería que nadie notara aquel breve momento de vulnerabilidad, y mucho menos Tavo.
—Buenas noches —dijo finalmente con una leve sonrisa, recuperando el control de su voz.
Tavo la observó con atención.
Cada vez la conocía un poco mejor. Ya sabía que Lucía podía ocultar sus emociones, pero nunca lo hacía a la perfección. Siempre había algún pequeño detalle que la delataba: una mirada que apartaba demasiado rápido, una respuesta más breve de lo habitual, una sonrisa que aparecía más por cortesía que por verdadera alegría.
Esta vez tampoco fue diferente.
Solo que no sabía si su reacción había sido por él, por haber visto a Kuka o simplemente porque estaba cansada después de la noche que había tenido.
Durante un momento, quiso acercarse y preguntarle si estaba todo bien, pero se contuvo. No quería ponerla en una situación en la que tuviera que explicar lo que sentía delante de otras personas. Lucía decidiría por sí misma cuándo estuviera preparada para contarle algo.
—Buenas noches —respondió.
Su mirada se desvió hacia Matías y recién entonces se dio cuenta de que Lucía no había vuelto sola. Durante un instante, sintió algo que no terminó de poder poner en palabras. No era enojo ni celos. Más bien, una extraña punzada que no quería analizar demasiado.
Lucía tenía todo el derecho de ver a quien quisiera. Él mismo le había dicho alguna vez que lo más importante era que ella fuera feliz.
Entonces, ¿por qué verla parada junto a otro hombre le dejaba una sensación de vacío que no había esperado en absoluto?
Apartó rápidamente aquel pensamiento. No tenía derecho a sentirse así, no después de haber pasado tanto tiempo fingiendo que nada había cambiado entre ellos.
—Hola. Qué bueno verte —dijo Matías con una sonrisa, saludando con un gesto a Kuka y a Tavo.
Después besó suavemente a Lucía en la mejilla y tomó el casco que ella llevaba.
—Yo me voy. Gracias por la noche. Nos vemos.
Matías se despidió de todos y, un momento después, la puerta de entrada se cerró detrás de él.
Lucía permaneció unos instantes más en el living, plenamente consciente de la presencia de Tavo, pero incapaz de encontrar una sola palabra que no revelara demasiado.
—Buenas noches —dijo en voz baja, antes de que el silencio entre ellos pudiera volverse demasiado revelador.
Y antes de que él tuviera tiempo de responder, se dio vuelta y se dirigió a su habitación.
-------------Lucía se acostó en la cama completamente vestida y durante un rato se quedó mirando el techo. El cuerpo le pesaba de cansancio, pero el sueño no llegó enseguida. No era que extrañara la conversación, ni la película, ni siquiera aquella noche tranquila con alguien que, durante unas horas, le había permitido experimentar esa vida normal que tanto había deseado. Matías era un buen hombre. Sabía cómo hacerla sentir segura. Pero ahora, sola en la oscuridad de su habitación, no era su presencia lo que estaba buscando.
Finalmente, se incorporó y abrió el cajón de la mesa de luz.
La fotografía de los dos estaba adentro. Los dos juntos, abrazados, felices. Y, sin embargo, ella la guardaba allí como un tesoro secreto. La sacó despacio, casi con miedo de que el simple roce de sus dedos pudiera cambiar algo.
Durante un rato, se limitó a mirarla. A contemplar su rostro, que conocía tan bien y que, de alguna manera, todavía lograba descubrir cada vez de nuevo. A observar la mirada de sus ojos, en la que a veces creía encontrar más de lo que él mismo estaba dispuesto a decir. Y a verse a sí misma junto a él, demasiado cerca quizás, como si por un breve instante el mundo les hubiera permitido existir en el mismo lugar sin complicaciones.
Recorrió suavemente con los dedos el borde de la fotografía, casi por instinto, como si quisiera memorizar aquel pequeño fragmento de realidad.
Después, con el mismo cuidado, se la llevó a los labios.
No fue un gesto dramático ni deliberado. Fue algo íntimo y silencioso, como esas cosas que no necesitan ser explicadas a nadie.
Volvió a guardar la fotografía en el cajón y lo cerró despacio, demasiado despacio, como si intentara postergar el momento en que tendría que regresar a la realidad.
Volvió a recostarse y, casi sin darse cuenta, sus dedos encontraron el dije.
El metal estaba frío contra su piel, pero aquel gesto conocido le trajo una inesperada sensación de calma. Como si a través de aquel pequeño objeto pudiera aferrarse, aunque fuera por un instante, a algo que en realidad nunca podría tener entre sus manos.
Quizás para Tavo todo aquello todavía significaba algo diferente. Quizás lo que para ella se había convertido en un sentimiento que ya no podía ocultar seguía siendo, para él, nada más que cercanía, preocupación y el vínculo que habían construido durante los últimos meses. O tal vez él tenía miedo de lo mismo que ella: que decirlo en voz alta cambiara todo.
La diferencia era que ella ya no podía seguir huyendo de lo que sentía.
No sabía adónde los llevaría aquello ni si Tavo alguna vez estaría preparado para decirle que sentía lo mismo. Si alguna vez se permitiría admitir que entre ellos había existido algo más desde hacía mucho tiempo, algo que iba más allá de la amistad, la preocupación y el cariño.
Pero, por primera vez en mucho tiempo, no estaba intentando huir de su propio corazón.
Ella lo amaba.
Todavía no tenía respuestas para todas sus preguntas. No sabía qué traería el día siguiente ni si alguna vez encontrarían el valor para cruzar esa frontera que había existido entre ellos durante tanto tiempo. Pero esta vez ya no sentía la necesidad de escapar de ella.
---------------La mañana en la oficina de Tavo estaba más tranquila de lo habitual. La luz cálida del sol entraba por la ventana abierta, mientras el murmullo apagado de la ciudad se mezclaba con el sonido de las páginas al pasar y el suave rasguido de la lapicera sobre el papel.
Tavo estaba sentado detrás de su escritorio, inclinado sobre una pila de documentos. Desde hacía varios minutos intentaba concentrarse en las cifras y las firmas, pero sus pensamientos volvían una y otra vez a la noche anterior.
A aquel momento en que la había visto parada en la puerta.
No lograba explicarse por qué ver a Lucía junto a Matías le había dejado aquella extraña sensación de inquietud. Todo estaba exactamente como debía estar. Lucía estaba feliz. Tenía todo el derecho de conocer a alguien que pudiera ayudarla a olvidarse, aunque fuera por un rato, de todos los problemas de su vida.
Y, sin embargo, alguna parte de él se rebelaba contra aquella imagen de tranquilidad.
No quería analizarlo. Sobre todo porque ella también parecía diferente. Como si algo dentro de ella hubiera cambiado, aunque él no pudiera precisar exactamente qué.
Lucía estaba sentada frente a él, inusualmente seria, dando vueltas y vueltas a sus anteojos de sol entre las manos. Normalmente no podía quedarse quieta demasiado tiempo cuando algo la preocupaba o cuando tenía demasiados pensamientos dando vueltas en la cabeza.
Tavo ya conocía aquel gesto. Sabía que los anteojos no tenían nada que ver con el sol. Simplemente eran algo que le permitía mantener las manos ocupadas.

—Entonces, ¿qué te pareció la película de anoche? —preguntó finalmente, dejando la lapicera a un lado.
Lucía lo miró y torció el gesto. Durante un instante, el simple recuerdo de la noche anterior bastó para que aquella sensación desagradable volviera a apoderarse de ella. La película en sí no había sido lo peor. Lo peor había sido que, durante unos minutos, se había sentido como cuando era chica, antes de entender por qué, de repente, el mundo había dejado de parecerle un lugar seguro.
—No me la hagas recordar.
Tavo notó el cambio en su expresión, aunque no sabía exactamente qué lo había provocado. No quiso preguntar. Ya había aprendido que a Lucía no le gustaba que los demás intentaran abrir puertas que ella todavía no estaba preparada para abrir por sí misma.
—Perdoname —dijo enseguida.
No quería presionarla. No porque no sintiera curiosidad por saber qué había detrás de su silencio. Todo lo contrario: cada vez tenía más la sensación de que entre ellos existían conversaciones enteras que nunca habían llegado a decirse en voz alta. Pero también sabía que Lucía necesitaba tiempo. La confianza que empezaba a depositar en él era demasiado valiosa como para arriesgarla intentando apurar las cosas.
En cambio, volvió a concentrarse en los documentos, como si cambiar de tema fuera lo más natural del mundo.
—Te pedí que vinieras porque se viene una publicidad de café. Tenemos que hacer unas pruebas de cámara. No sé si la ropa ya está lista, pero toda la campaña va a tener un aire tropical.
Lucía asintió, aunque durante un momento siguió mirándolo pensativa. Después dejó de dar vueltas a los anteojos de sol entre sus manos.
Por un instante, se preguntó si realmente quería escuchar la respuesta. Si preguntar por Kuka nacía de una simple curiosidad o de aquella parte de ella que todavía buscaba la tranquilidad de saber que lo que había visto la noche anterior no significaba aquello que, por un breve momento, había temido.
Sabía que debía confiar en Tavo.
También sabía que eso era precisamente lo que más miedo le daba: cuánto habían empezado a importarle sus palabras y sus actos.
—¿Y vos? —preguntó.
Tavo levantó la vista.
—¿Yo?
—¿La pasaste bien con Kuka anoche?
Lo dijo con ligereza, con una aparente inocencia. Pero Tavo ya la conocía lo suficiente como para percibir aquel pequeño cambio en su voz, un matiz del que probablemente ella misma ni siquiera se había dado cuenta.
Durante un momento, se limitó a mirarla. Después, una sonrisa cálida, ligeramente divertida, apareció en sus labios.
Lucía conocía esa sonrisa. Se la había visto muchas veces. Sabía cuándo era simplemente una reacción ante algo gracioso y cuándo aparecía únicamente porque la estaba mirando a ella.
Y aunque intentaba no prestarle atención, cada vez le resultaba más difícil fingir que aquello no significaba nada. Sabía que esa sonrisa no tenía nada que ver con la noche anterior. Era una reacción a ella.
—¿Qué? —preguntó, finalmente.
—Nada.
—Tavo...
La sonrisa de él se hizo más amplia. No pudo evitarlo. Había algo extraordinario en la manera en que Lucía intentaba ocultar sus emociones, aun cuando sus ojos revelaban mucho más de lo que sus palabras jamás podrían decir.
No hacía tanto tiempo, él pensaba en ella principalmente como en una chica a la que tenía que proteger. Ahora, cada vez con mayor frecuencia, se daba cuenta de que ya no se trataba solamente de protegerla.
Quería saber qué estaba pensando. Quería verla sonreír. Quería ser la primera persona a la que recurriera cada vez que algo realmente importante le sucediera.
—No sabés qué pasó con Marie Azul, ¿no?
Lucía frunció el ceño y negó con la cabeza.
—No.
Tavo dejó los documentos a un lado y se recostó un poco más cómodamente en su silla.
—Llamaron de la comisaría. Resulta que Marie se había escapado de la casa y se había ido a un boliche. Como nosotros somos oficialmente responsables por ella, Kuka y yo tuvimos que ir hasta la comisaría.
Lucía se puso seria de inmediato, mientras un leve rubor de vergüenza le calentaba las mejillas. Por un instante, había permitido que su imaginación le hiciera pensar en algo que no tenía nada que ver con la realidad. Kuka era importante para Tavo, pero no de la manera en que su propio corazón había intentado convencerla.
—Ah...
—Por suerte, no pasó nada. Al principio estaba más asustada que arrepentida, pero después hablamos con ella. Espero que haya entendido que algunas cosas pueden tener consecuencias mucho más graves de lo que uno se imagina.
Negó con la cabeza y sonrió con cierta diversión.
—Aunque tengo que reconocer que Kuka tenía bastante más energía... y bastantes más decibeles... que yo para hacerle entender eso.
Lucía lo escuchó con atención. Sabía que Tavo podía ser estricto cuando la situación lo exigía, pero la mayoría de las veces prefería hablar antes que enojarse. Quizás por eso las chicas confiaban tanto en él. No porque nunca perdiera la paciencia, sino porque incluso cuando lo hacía, seguía viendo a la persona que tenía delante y no solamente el error que había cometido.
Durante unos segundos permaneció en silencio, jugando con los anteojos de sol entre sus manos. No hacía mucho tiempo, se habría enojado consigo misma por haber preguntado siquiera por Kuka. Por haber permitido que aquella celosía que no quería reconocer ni ante sí misma saliera a la superficie aunque fuera por un instante.
Ahora, sin embargo, al mirarlo, podía ver con mayor claridad que aquella sonrisa no tenía nada que ver con la noche anterior. Era para ella.
Tavo notó la expresión de su rostro. La misma que había visto tantas veces antes, cada vez que intentaba ocultar una emoción antes de que llegara a asomarse.
Y eso era justamente lo que siempre lograba desarmarlo de ella. Lucía podía ser fuerte, independiente y terca, pero a veces bastaba un solo momento, una sola mirada, para dejar al descubierto el otro lado de ella, ese que casi no le mostraba a nadie.
—En fin... —dijo después de un momento, mirándola con ternura—. Sos realmente hermosa cuando te ponés así...
Lucía se quedó rígida de inmediato. No porque sus palabras la hubieran lastimado. Todo lo contrario. Precisamente por eso eran peligrosas.
Tavo tenía una manera extraordinaria de notar aquellas cosas que ella se esforzaba más por ocultar, incluso de sí misma. Y ella todavía no estaba preparada para que alguien pudiera leer con tanta facilidad lo que estaba pasando dentro de su corazón.
—¿Así cómo? —lo interrumpió.
Negó levemente con la cabeza, como si quisiera detener no solamente sus palabras, sino también sus propios pensamientos.
—No me digas. No quiero escucharlo. No quiero escuchar nada.
Tavo arqueó una ceja. Por un instante sintió una punzada de decepción. No porque ella hubiera rechazado el cumplido, sino porque una vez más veía lo rápido que Lucía levantaba una pared a su alrededor cada vez que algo se acercaba demasiado.
Apenas unos segundos antes se había permitido ser simplemente ella misma. Y ahora intentaba escapar de inmediato de cualquier cosa que pudiera haber sido descubierta.
Su expresión se volvió seria.
—¿Por qué?
Lucía apartó la mirada.
Durante un momento pareció querer decir algo, pero estaba luchando consigo misma para decidir si debía hacerlo. No quería admitir que sus palabras habían dado exactamente donde más le dolía. Que a su lado cada vez le resultaba más difícil fingir que todo estaba bien.
Era más fácil hablar de los problemas de los demás que permitir que alguien viera los propios.
—Está pasando algo raro con mi mamá —dijo finalmente, con la voz más baja—. Cambió muchísimo. Se comporta como si quisiera decirme algo, pero no se animara. La llamé, pero no me atiende.
La sonrisa de Tavo desapareció de inmediato.
Sabía cuánto significaba su madre para Lucía, aunque no siempre estuvieran de acuerdo. Ya reconocía aquella mirada. Aparecía cada vez que Lucía intentaba convencer a todos a su alrededor de que podía con todo sola.
Y cada vez tenía más la sensación de que, detrás de toda aquella seguridad, había alguien que a veces simplemente necesitaba que alguien se quedara a su lado.
—Quizás podríamos postergar un poco la sesión —propuso con calma.
Lucía negó con la cabeza y se puso de pie. Por un instante, se preguntó si no estaría exagerando demasiado. Quizás realmente estaba buscando problemas donde no los había. Tal vez su madre simplemente estaba atravesando un momento difícil y ella se estaba preocupando de más.
Pero sus instintos le decían otra cosa. Y, más que nada, no quería volver a retroceder simplemente porque algo fuera difícil.
—No. Voy a hacer la sesión igual.
Tavo también se puso de pie. No quería detenerla ni tomar la decisión por ella. Pero tampoco quería que tuviera que enfrentarse a todo eso sola.
—Entonces después te llevo hasta allá. Y vemos si podemos sacarle la verdad entre juntos. ¿Qué decís?
Durante un momento, Lucía lo miró sorprendida. No por la propuesta en sí, sino por una palabra. Había sonado tan natural, como si siempre hubiera sido lo más lógico del mundo.
Juntos.
Una palabra tan sencilla y, sin embargo, durante meses había tenido miedo incluso de imaginar que pudiera existir entre ellos.
Entonces, por primera vez en varios minutos, sonrió apenas.
—Puede ser.
Volvió a tomar los anteojos de sol, pero esta vez el movimiento fue más tranquilo. Después de un momento, lo miró desde debajo de las pestañas. Había visto en él la misma cautela que reconocía en sí misma: esa manera en que los dos fingían que todo estaba bien cuando no era así.
Algo en la expresión de Tavo la noche anterior le había dicho que no había sido la única que había sentido aquella punzada al ver a alguien al lado de otra persona.
—Sabés... la verdad es que anoche no la pasé muy bien.
Tavo sintió alivio mucho antes de lo que le habría gustado admitir. La tensión que llevaba consigo desde la noche anterior, sin siquiera haberse dado cuenta, se aflojó de repente.
Su rostro lo traicionó antes que sus palabras. Los hombros se le relajaron apenas y una sonrisa que ya ni siquiera se molestó en ocultar apareció en sus labios.
Recién entonces comprendió cuánto había necesitado escuchar que aquella noche no había significado nada especial para ella.
—¿No?
—Casi salgo corriendo del cine.
Intentó mantener el gesto serio, pero Lucía notó el cambio en sus ojos. Fue apenas un instante en que la tensión se disipó, casi imperceptible, un pequeño destello de alivio. Pero ella lo conocía demasiado bien como para no darse cuenta.
Tavo podía ocultarle muchas cosas al mundo. Sin embargo, cuando estaba con ella, cada vez eran más los pequeños detalles que lo delataban, exactamente de la misma manera en que sus propios pequeños gestos empezaban a delatarla a ella.
—¿Soy yo o me parece que estás bastante contento con todo esto?
Tavo la miró con fingida indignación.
—¿Lucía? ¿Cómo se te ocurre?
Ella no se dejó engañar. Durante un segundo lo observó con expresión completamente seria, hasta que no pudo contenerse y estalló en una carcajada.
—¡Ay, Tavo!
Estiró la mano hacia el calendario que estaba sobre el escritorio y le dio un golpecito en el brazo con él.
Tavo levantó las manos instintivamente, como rindiéndose, pero al mismo tiempo empezó a reírse también.
Y durante un momento, todo volvió a ser fácil, tal como había sido cuando ninguno de los dos se detenía a preguntarse dónde terminaba la amistad y dónde empezaba algo más.
Solo que ahora los dos sabían que aquella frontera había desaparecido hacía mucho tiempo.
Porque, aunque todavía les daba miedo dar el siguiente paso, ahora ambos sabían una cosa:
Ya estaban del mismo lado.
Lucía fue a ver a su madre a última hora de la tarde, cuando la luz ya se había vuelto más tenue y se desvanecía lentamente, como si el propio día estuviera perdiendo de a poco su certeza. El camino hasta la casa de Rosa le resultaba dolorosamente familiar: las mismas esquinas, los mismos árboles, el mismo ritmo de la ciudad que alguna vez le había parecido tranquilizador y estable, pero que ahora se sentía simplemente repetitivo.
Rosa abrió la puerta casi de inmediato. Durante una fracción de segundo, se la vio exactamente como siempre: cálida, familiar, segura. Pero cuando Lucía entró, notó algo más: la tensión que llevaba en los hombros, la forma en que apretaba las manos y enseguida volvía a relajarlas, como si no encontrara un lugar donde dejarlas.
—Pasá, mi princesa —dijo Rosa demasiado rápido, como si temiera que, si dudaba, perdería el coraje para decir aquello que tenía que decir.
El living olía a té. El silencio entre ellas no era un silencio común. Era denso e inquieto, como si hubiera algo intentando atravesarlo, pero todavía no encontrara el valor para hacerlo.
Se sentaron una frente a la otra. Durante un rato hablaron de cosas pequeñas. Del trabajo de Lucía, de las compras de Rosa, de esos detalles cotidianos que normalmente llenaban sus conversaciones sin tener demasiado peso.
Pero Rosa no era la de siempre.
Lucía podía verlo en cada gesto: en la manera en que los ojos de su madre se apartaban demasiado rápido, en cómo su respiración parecía detenerse de vez en cuando durante un segundo más de lo normal.
Finalmente, Rosa apretó la taza de té con tanta fuerza que los dedos se le pusieron blancos.
—Lucía... —comenzó, pero se detuvo.
Volvió a intentarlo.
—Tengo que decirte algo.
El silencio se hizo inmediatamente más pesado. Lucía levantó la mirada.
—¿Mamá?
Rosa negó con la cabeza, como si estuviera librando una batalla en su interior.
—Lo mantuve oculto durante demasiado tiempo —susurró—. Durante demasiado tiempo fingí que no existía.
Apartó la mirada.
—Y sé que cuando te enteres... quizás me odies.
Lucía se puso rígida.
—¿De qué estás hablando?
Rosa tomó aire bruscamente, pero eso no logró calmarla. Si acaso, parecía que algo dentro de ella se quebraba con cada palabra que intentaba sacar.
—Yo... tenés que dejarme terminar —dijo rápidamente—. No me interrumpas, ¿sí? Yo solamente... tengo que contártelo de una vez. Siempre te quise. Acordate de eso. Siempre. Aunque...
Se quedó en silencio demasiado tiempo.
—¿Aunque qué? —la voz de Lucía se volvió más tensa, mientras una creciente sensación de inquietud le oprimía el pecho.
Rosa negó con la cabeza.
—No es tan sencillo. Nunca lo fue. Yo solamente... quería protegerte. Y quizás lo hice de la manera equivocada. Quizás hice todo mal.
Lucía sintió que se le cerraba la garganta.
—Mamá, decime de una vez de qué se trata.
Rosa abrió la boca, pero durante un instante no salió ningún sonido. La mano le tembló sobre la rodilla, como si buscara algo de lo que aferrarse. Su mirada comenzó a perder el foco, volviéndose distante, perdida.
—Lucía... tengo que decirte la verdad sobre...
La frase quedó inconclusa.
Su expresión cambió de repente. No por emoción, ni por tristeza, sino por algo brusco y desconocido. Como si su cuerpo hubiera dejado de obedecerle de pronto a su mente.
—¿Mamá? —Lucía se puso de pie de un salto—. Mamá, ¿qué te pasa?
Rosa intentó hablar, pero no logró pronunciar palabra.
La mano derecha se le deslizó inerte del regazo. Sus ojos se desviaron hacia un costado, desenfocados, extraños, como si el mundo hubiera dejado de tener sentido de repente.
—No... —susurró Lucía, ya a su lado.
La tomó del brazo.
—Mamá, mirame. ¡Mirame!
Rosa no respondió. Su cuerpo se dejó caer pesadamente contra el sofá y el aire de la habitación pareció espesarse de inmediato, volviéndose irreal.
Lucía estiró la mano hacia el teléfono con los dedos temblorosos, pero antes siquiera de poder marcar para pedir una ambulancia, ya sabía que todo lo demás había dejado de importar.





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